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Autor de la Foto: MIGUEL ARENAS
Título/Pie de foto: Dávalos se mostró nervioso durante su renuncia.
El hijo mayor de Bachelet llegó desde Caburgua a La Moneda para leer una declaración
«Asumo que el perjuicio provocado ha dañado a la Presidenta de la República», dijo.
M.Arriagada / C. Acevedo.
Momento uno. Sebastián Dávalos Bachelet llega temprano a su casa en La Reina. Ha viajado desde el lago Caburgua, donde todavía veranea su madre, la Presidenta. Deja sus maletas y cambia su ropa informal por un terno de dos botones al cuerpo, de color gris, más una camisa blanca y una corbata celeste con zapatos de punta. Ha interrumpido sus vacaciones, ya intranquilas desde que se hizo público el crédito que su esposa, Natalia Compagnon, pidió en el Banco de Chile a través de una reunión en la que él estuvo presente, para anunciar al país que ya no seguiría de director del área sociocultural de la Presidencia. Cargo con el que se ganó el mote de «Primer damo».
Momento dos. Llega al palacio de La Moneda a las 16 horas. No ingresa por ninguna de las entradas principales del edificio, sino que lo hace a través de los estacionamientos subterráneos. Dávalos sube hacia su oficina y se reúne con sus colaboradores más cercanos, por alrededor de veinte minutos.
Pese a la tensión y a la llegada de numerosa prensa al Patio de Los Cañones, el resto de La Moneda está en silencio y prácticamente desierta, aunque en ella están los ministros Peñailillo y Gómez.
Momento tres. Dos fuertes golpes de una ventana pegando en su marco resuenan en el Patio de Los Cañones. Son cerca de las cinco de las tarde. Dávalos baja desde el segundo piso, donde el ministro del Interior tiene su oficina, hacia el patio con dos de sus principales colaboradoras: la directora de la Fundación de las Familias, Ana María Zaldívar, y su jefa de gabinete, Érika Silva. La soledad política del director del área sociocultural de la Presidencia, sin embargo, es evidente. Ni el «vocero de verano», José Antonio Gómez, ni Peñailillo, que estaba en Palacio en esos momentos, lo acompañan. Frente a la escalera hay un podio. Dávalos toma las hojas de su discurso y comienza a leer.
Momento cuatro. Con la mano empuñada sobre el podio, advierte que no responderá preguntas después de leer una declaración que aclara las suspicacias que generó la aprobación de un crédito de 6.500 millones de pesos a la empresa Caval, propiedad de un 50 por ciento de Natalia Compagnon, esposa de Dávalos, por la que esta semana fue éticamente cuestionado. Da las gracias a sus cercanos en el gobierno. Y carraspea insistentemente. Le entregan un vaso con agua.
En lo medular, el hijo mayor de Bachelet, renuncia.
«Entiendo el malestar que ha generado esta situación y asumo que el perjuicio provocado ha dañado a la Presidenta de la República y al gobierno de Chile, quienes cuentan con mi total y absoluta lealtad. Es debido a lo anterior que no me queda más que pedir, humildemente, perdón por este amargo momento. Entiendo que esto, para algunos, podría no ser suficiente. Es debido a lo anterior que he decidido dar un paso al costado y renunciar a mi cargo de director sociocultural de la Presidencia», dice, sin mirar un momento a los periodistas.
Con la lengua traposa y tras una lectura rápida, Dávalos concluye. Ya no es más una alta figura del gobierno de su madre. Acaba de volver al mundo privado.


