De café en café

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Título/Pie de foto: Roberto Merino


Roberto Merino

Recorro los cafés en estas mañanas candentes y les pongo oreja a las conversaciones de las mesas vecinas. Se habla fundamentalmente de las noticias, de la camiona que le pegaba al niñito que tenía a su cargo, del caso Penta, de la matanza de los dibujantes y periodistas de Charlie Hebdo . Temas del momento alternados con cosas personales, familiares, problemas domésticos, exceso de trabajo, viajes proyectados para los próximos días, apreciaciones sobre las altas temperaturas.

La conversación más interesante que he escuchado en el último tiempo se verificó en estas circunstancias hace muy poco. Dos tipos mayores hablaban de pájaros. Cada uno contó sus respectivos avistamientos de tiuques en zonas urbanas. Especulaban con cuáles podrían ser las causas de que hoy se vean tiuques acechando a sus presas en medio de la ciudad. Me acordé de haber visto, desde la ventana de mi departamento, en uno de los feriados de fin de año, a un tiuque muy orondo recorriendo el techo de un edificio con grandes zancadas y el pecho muy salido, como marcando territorio.

Un café con mesas en la vereda es una especie de «pozo de energía potencial». Su existencia atrae a una galería de ofertantes que apelan al interés o a la bonhomía de los clientes. En cualquiera que sea se da siempre más o menos lo mismo. Temprano, frisando la hora del desayuno, aparece un huaso con guitarra que se despacha un repertorio de tonadas monótonas; más tarde llegan, por turnos, el hombre del charango, el zampoñero (que ejecuta melodías de baladas radiales), el viejo del tambor, la vieja de los parches Curita, el hombre del violín, el tipo que pide «para la filosofía y la poesía». Si andamos de mala nos acecharán los chinchineros con su culturalmente prestigioso bochinche invasivo. Con menor frecuencia se dejan caer unos individuos penitenciarios, amenazantes, que se dirigen a uno usando el vocativo «tío». Piden algo de plata con la voz arrastrada y lúgubre. Un día, uno de ellos, se empinó un trago de pisco directo del gollete y lanzó luego un grito espantoso: «¡Necesito un trabajo, por la mierda!».

Si me urgieran en este instante a hacer una evaluación retrospectiva, estaría tentado de decir que fui uno de esos tipos a los que se les fue la vida en los cafés. En un punto indeterminado de la juventud empecé con la afición de mirar el mundo a través de las vidrieras emborronadas por el humo de los cigarros (hablo, por cierto, de una edad anterior a la de la ley del tabaco). En esos días, que hoy recuerdo con afecto, me di cuenta de que no me correspondía el encierro misantrópico como tampoco los diversos bailes de San Vito a que nos obliga la norma social, sino más bien esa zona intermedia donde uno puede sentirse en contacto con los seres humanos y a la vez sumergirse en su propios, expansivos y resbalosos estados de conciencia.

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