Tras un programa que incluyó un hermoso vals de Strauss, descontextualizado junto a obras de corrales mayores, la temporada de la Orquesta Sinfónica Nacional avanzó por un carril de entera unidad temática anunciando una nueva jornada nombrada ‘Maestros rusos' con música de Glinka, Shostakovich y Tchaikovsky.
Con ese título, remachado con compositores de los que mucho se valora la brillantez de su legado orquestal, se sentía la seguridad de tenerse un encuentro con toda la fuerza de aquel sabor ruso tan inconfundible como la gran estrella.
Y así fue, pero no del todo, ya que, en el comienzo, con la italianizante obertura ‘Una vida por el Zar' de un Glinka joven, estuvo muy ausente esa conjunción brillantez- color-sabor que sí vive con gran vigor en la obertura de su posterior y célebre ópera más a la rusa: ‘Ruslan y Lyudmila'. Se echó de menos.
Esa ausencia inicial desapareció por completo en la avasalladora continuación del programa, imposible mejor saborizada. El patriotismo ruso tan bien expuesto en la ‘Marcha Eslava' de Tchaikovsky con tan directas apelaciones a melodías folclóricas y al mismísimo himno zarista trajo el esperado saborcillo. En la dirección Rodolfo Saglimbeni lo exultante se fue con todo, obteniendo resultados de sonoridades de muy alto impacto. Claro que el exceso de decibeles orquestales se topó una vez más con la insuficiente capacidad acústica de la sala de Plaza Baquedano, aumentando la ansiedad de escuchar pronto a la Sinfónica en su nueva mejor sede, aún en construcción.
Al señalar que el programa tuvo momentos avasalladores, debe puntualizarse que éstos ascendieron al pináculo con el estreno (por una orquesta chilena) de la Sinfonía N° 12 de Shostakovich.
En esta pieza de carácter programático- descriptivo aquel sabor ruso de matices nacionalistas que abunda en el repertorio del Siglo XIX, se enfila hacia lo revolucionario sigloveintero; la sinfonía está dedicada a Lenin y sus andanzas.
Muy en el estilo del compositor, la obra contrasta pasajes de sombrío sosiego con otros de embestidas sonoras frenéticas y furiosas que parecen querer provocar explosiones orquestales con sus vientos y percusión de protagonismo tan marcado.
Si la batuta de Saglimbeni consiguió maravillas, es muy válido imaginar cómo se podrían percibir éstas cuando dirija la Sinfónica Nacional en la nueva sala, de mejores respuestas acústicas a los excesos de volumen. Por el momento. paciencia.


