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Título/Pie de foto: Juan Guillermo Tejeda
Juan Guillermo Tejeda
Gimen los grandes bancos ante el triunfo en Grecia de Syriza, la nueva izquierda que en lugar de buscar la desagradable dictadura del proletariado pretende que la democracia sea eso, democracia. Y no corrupción, financiamienos ilegales, coimas, servidumbre ante el gran poder económico. Pronto podría pasar lo mismo en España, donde los indignados han dado vida a Podemos. Los dirigentes de Podemos se han propuesto ser mediáticos, sexies, modernos, desenvueltos, sonrientes. Van primeros en intención de voto.
Hay un hartazgo con una democracia que no es democracia, sino, mediante hábiles trucos, algo que se compra y que se vende, una pomada de mercado. Sistemas bipartidistas, como nuestro binominal, que reparten los cargos electos entre dos grandes coaliciones, dejando fuera a cualquier nuevo movimiento de opinión. Inflación del voto de regiones en contra del de las grandes ciudades, lo que pone las cosas en manos de un electorado minoritario y corruptible por el clientelismo. Canales de televisión y medios en manos de unos pocos millonarios, alterando el natural abanico de visiones que una sociedad libre debiera por sanidad mantener. Financiamiento oscuro o ilegal de la política, con mafias que compran y venden cargos.
Bancos centrales y tribunales constitucionales cuyos integrantes son nombrados de manera opaca y que mantienen las ventanas herméticamente cerradas. Cuando los bancos ganan, la ganancia es de ellos; cuando pierden, hay que rescatarlos con dinero de todos. Una deuda que crece a costa de la gente con menos recursos. Paraísos fiscales que permiten a las grandes corporaciones no pagar impuestos, en tanto que la gente que vive al filo de la miseria sí debe pagar. El actual presidente de la Unión Europea hizo su currículum transformando a Luxemburgo en un paraíso fiscal. En Grecia la corrupción es una forma de vida, en tanto que en España campean los financiamientos ilegales de los grandes partidos y los altos cargos condenados por corrupción.
La democracia devaluada del neoliberalismo es vista como una subsección de las grandes empresas y los bancos, y así financian sus campañas los políticos. La publicidad es más importante que el debate, y los servicios públicos son privatizados, pasando la riqueza estatal a ser riqueza privada. Riqueza privada que se reparte cada vez de manera más desigual, hasta el punto de que un diez por ciento de la gente es dueña de la mitad de lo que tiene un país, y el uno por ciento percibe sueldos equivalentes al treinta por ciento de la riqueza: hay que ver los instructivos gráficos de Piketty.
Ante una austeridad que revienta a los débiles y premia a los fuertes, los griegos han asumido el riesgo de plantar cara. Quizás sea ésta una refundación y limpieza de la democracia, en el mismo país donde por primera vez se propusieron los ciudadanos gobernar de acuerdo no a la opinión de las minorías, sino de las mayorías.


