Desaparición de dos perros desata discusión sobre justicia ciudadana en Valdivia

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Cámaras de televigilancia captaron el momento en que sujetos hicieron desaparecer a dos mascotas callejeras

Viejito y Caballita llevaban varios años ya viviendo en la calle. Deambulaban preferentemente por el centro de Valdivia, y según cuentan en las redes sociales algunas personas que los conocían, eran de esos perros «que se daban con cualquiera». Todo el mundo les daba comida, así que todos se sentían en cierta medida sus dueños, aunque en realidad no eran de nadie en particular. Eran, como se le conoce a este tipo de mascotas, perros comunitarios.

Pero de repente, a fines de octubre, a Viejito y Caballita no se les vio más. La gente comenzó a preguntar por ellos en redes sociales y un kiosquero fue a la Municipalidad de Valdivia para presentar una denuncia formal.

El municipio inició una investigación. Revisó las cámaras de televigilancia del último mes, hasta que descubrió que la madrugada del miércoles 25 de octubre algo muy raro ocurrió en calle Arauco con O'Higgins.

Según se puede desprender de las imágenes, tres sujetos tomaron a los perros, que aparentemente se encontraban inconscientes, pues no reaccionaron en lo absoluto, y los metieron en el maletero de un auto blanco para llevárselos a un destino aún desconocido.

Los cristales rotos

Este miércoles, la municipalidad presentó una denuncia por maltrato animal ante el Ministerio Público. Por algún motivo, las imágenes de las cámaras de televigilancia llegaron a las redes sociales, las que se viralizaron en una epidemia de indignación y odio.

Varios valdivianos creyeron reconocer a una de las personas que sustrajeron a los perros. Se trata del propietario de una tradicional cafetería, que justamente era uno de los lugares que los animales elegían para dormir de noche.

Durante la tarde de ese mismo día, unas setenta personas se congregaron frente a la cafetería, que a esa hora se encontraba con las cortinas cerradas, pero con algunos de sus trabajadores dentro. Llegaron para descargar su rabia.

Comenzaron con gritos, luego con patadas a la cortina, hasta que finalmente la abrieron a la fuerza. Con piedras, sillas y patadas, destrozaron toda la mampara. Una noche de los cristales rotos en toda regla.

«Prendámosle fuego a esta lesera», gritó alguien. «Asesino», gritaban todos. «Sal de ahí, asesino», decían otros más.

Carabineros llegó cuando no había mucho que rescatar. No hubo detenidos, pero la fiscalía inició una investigación por daños a la propiedad y tentativa de incendio.

La alcaldesa Carla Amtmann, la patrocinante de la denuncia por maltrato animal, tuvo que hacer un llamado para calmar a la gente.

«Ningún hecho de violencia es aceptable», dijo. «Les pedimos a los vecinos confianza en las instituciones. En el edificio en el que la noche del miércoles ocurrieron los incidentes de violencia, residen vecinos y vecinas, gente trabajadora quienes no pueden verse expuestos a estas situaciones. Estos actos de violencia son inaceptables».

Justicia popular

Mauro Basaure, profesor de sociología de la UNAB e investigador del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), explica que este tipo de reacción de la gente proviene de una tradición muy antigua: la justicia popular.

«Esta justicia opera cuando se cometen delitos muy tremendos, como la violación y el asesinato de un niño, por ejemplo. Y en estos casos, el delincuente, el violador, para salvarse, recurre, en su sabiduría, a la justicia tradicional. Es decir, arranca hacia la comisaría porque si no lo van a linchar», explica. «La diferencia en este caso es que se trata de un maltrato animal, lo cual es el reflejo de las sociedades modernas. Hoy hay personas y agrupaciones que valoran tanto o más a los animales que a las personas. Con el ingrediente de que en este caso la víctima es un ser tan indefenso como un niño, como lo es un perro. Pero es popular. Siempre ha existido y seguirá existiendo».

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