Aún no debuta en pantalla el reality Palabra de honor, de Canal 13, y ya sabemos todo lo que pasará el primer mes.
Seguramente a usted le pasa lo mismo que a mí, que «sin moverme de mi escritorio», como decía Gerardo Baeza, un oficinista de un antediluviano spot chileno de una financiera, sé prácticamente todo lo que va a pasar al comienzo del próximo reality de Canal 13, «Palabra de honor». Ya conozco al dedillo las identidades de los primeros eliminados, quién se lesionó y los conatos más tempraneros, uno de los cuales incluso llegó a los golpes.
El hecho de que los telecautiverios en curso, de Chilevisión y Canal 13, se produzcan y desarrollen en Argentina y Perú respectivamente obedece a razones meramente económicas: es por el menor costo de todo en esos países en comparación a Chile. Sin embargo, el precio televisivo a pagar no es menor. En el caso de la estación de Luksic se trata de un desfase temporal entre lo grabado y lo emitido en pantalla que llega a prolongarse por meses, con lo que el factor sorpresa queda reducido a cero para los televidentes, que se van enterando anticipadamente de todos los pormenores venideros, por internet y a través de las redes sociales, campo fértil para el soplonaje mediático.
Ya perdió toda gracia esta modalidad de realities. Es como empezar un chiste adelantando que al final el amigo del tartamudo dirá: «¡Pa ti es fácil decirlo!».
De puro buena gente que soy no le comparto las novedades que ya sé que se van a mostrar por el 13 en un par de semanas. Me pongo en el caso de que usted aún no sabe que tal personaje se cayó de una motocicleta o que dos de las participantes intercambiaron manotazos como si se les fuera la vida en ello.
El problema es que de los realities que van en directo tampoco podemos esperar mucho. Que tengan la «ventaja» de ir «tiempo real» no es garantía de nada. Ahí tiene usted el caso de «Gran hermano», en cuya accidentada segunda temporada hemos visto desaciertos de marca mayor. Por ejemplo, los telespectadores de repente observaron de nuevo en la casa a la gitana Linda Marcovich, que había renunciado, debiendo aclarar la conductora Diana Bolocco «para los que se sorprendieron de ver a Linda en la casa, más rato les voy a contar que ella reingresó». Poco serio, por decir lo menos?
El reality grabado tiene una muy buena factura, pero no puede ser menos impactante en cuanto a lo que ocurre en él. Por su parte, el que va en directo está hecho con muy poco cariño, partiendo por el casting. Es desprolijo e insípido. Los canales tienen que encontrar algún equilibrio antes de que maten la gallina de los huevos de oro.


