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Título/Pie de foto: Leonardo Sanhueza
Leonardo Sanhueza
Al parecer se ha asentado la costumbre de que los estudiantes vayan acompañados por sus padres a matricularse en la universidad. En los diarios han publicado fotos de eso, imágenes que irradian emociones difíciles de interpretar: todos sonríen, pupilos y apoderados, pero en esas sonrisas satisfechas hay una sombra de resignación. En el fondo, el paso iniciático que supone esa ceremonia encierra una paradoja, ya que es un festejo de las oportunidades y un triunfo de la voluntad y los méritos, pero a la vez es una sumisión al destino. Así las cosas, la compañía de los padres, como en un rito sacrificial salvaje y antediluviano, le agrega al acto una nota dramática.
Antes uno llegaba solo al degolladero. Es más: era motivo de burla que alguien llegara con su mamá o su papá. Las sonrisas -de haberlas, pues todo era un poco más gris- desde luego se relacionaban con el pavoneo de la virtud académica, pero también con el oxígeno de la independencia. Matricularse, acarrear expedientes de un edificio al otro y firmar cuanto pagaré nos pusieran por delante eran claros signos -muy tristes, por lo demás, pero eso no lo sabíamos- de haber cambiado de edad. Además, para los estudiantes que veníamos de provincia, el destete era absoluto e incluía pellejerías de autosuficiencia, duros aprendizajes de adaptación y, por cierto, pena de extrañamiento.
Lo que no ha cambiado es la tramposa alegoría implícita en el día de la matrícula universitaria. Hoy como ayer, el cuadro representa una entrada alegre de los jóvenes al porvenir, pero esconde que el tal porvenir suele ser un cuento chino donde sólo se oye «el ruido y la furia» de Shakespeare. Así como todos los funerales incluyen la inminencia de una comedia o, por lo menos, de algún chascarro, los casamientos y en general las ceremonias optimistas o iniciáticas tienen un aire pesado que las congela en una nostalgia anticipada, proyectada hacia los tropezones y vacíos del futuro. Al entrar en la universidad, los estudiantes entran en el sueño de la juventud, pero a la vez entran en la moledora de carne, entregados como buenos corderos a la fábrica de la madurez. «Juventud, divino tesoro» es un verso que se canta con alegría, aunque el poema de Darío es lo más triste que hay.
No sé desde cuándo se asocia el ingreso a la universidad con el ámbito de las ilusiones románticas, los ideales juveniles, las ensoñaciones, pero supongo que algo tuvo que ver en ello la mercantilización de la educación. A fin de cuentas, vender una carrera es como vender cualquier cosa y, para ello, la palabra «sueño» viene de perlas: alude a cosas íntimas y genuinas. Martín Rivas, por ejemplo, no entró a la universidad para cumplir sueños o tocar la flor azul de Novalis, sino para ascender socialmente y «ser alguien». El poeta Horacio, por su parte, hace más de veinte siglos, llegó a estudiar a Atenas gracias a los incansables esfuerzos de su padre liberto, pero no me lo imagino «ilusionado» con eso: más bien lo veo resignado al deber de hacerse hombre, sin que ello le impidiera disfrutar sus últimos días de inocencia y prepararse para una madurez sui generis: una vida gloriosa, hecha de instantes y exenta de planes para el futuro.


