El suboficial John Neira estuvo seis horas negociando con el plagiador de Provida
Le dije que él no era un delincuente. Esa fue mi estrategia, confiar en él, cuenta el carabinero.
El suboficial John Neira, quien tiene 29 años de servicio en Carabineros, fue el uniformado que primero llegó a la sucursal de la AFP Provida la tarde del lunes donde un hombre de 55 años, según acusa la fiscalía, secuestró a una trabajadora exigiendo el pago del fondo provisional de su esposa fallecida. Un video grabado dentro de la sucursal lo muestra interactuando con el sujeto.
Neira cuenta que el hombre que retuvo con dos cuchillos a la ejecutiva de la AFP, pasó por tres etapas distintas durante las más de seis horas que estuvieron juntos.
Ya más tranquilo, y de vuelta a su lugar de trabajo, en la 17 Comisaría de Las Condes, relata cómo vivió esas tensas horas, en la que pensó que cualquier error le podría costar la vida a la mujer retenida, al victimario o a él mismo.
«Estaba patrullando en Las Condes cuando recibimos por radio la información que dentro de la sucursal había un hombre con un cuchillo. Yo estaba manejando y llegamos rápido, en menos de 10 minutos. Al ingresar al lugar, todas las personas que había a esa hora, que eran hartas, me indicaban que fuera hacía al fondo.
«Cuando vi a la persona, él tenía dos cuchillos, uno apuntando hacia el cuello de la ejecutiva y el otro hacia el estómago, por el costado. Ella estaba muy asustada, estaba llorando. Yo me presenté bien relajadamente. Le dije que me dijera qué estaba pasando. Era evidente lo que pasaba, pero yo necesitaba que él me lo dijera, para empezar a conversar. Me explicó que tenía un problema porque no le querían pasar un dinero.
«En ese momento él estaba enrabiado. Él planteó que yo lo iba a tener que matar, como para terminar con la situación, pero yo le dije que yo no le podía quitar la vida, que yo cuidaba la vida. Fue ahí que me despojé de mi arma. Él me pidió un gesto de confianza y dije que le entregaría el arma a mi compañero. Luego le mostré con mi cuerpo que no tenía ninguna otra arma.
«Me preguntó que por qué él me importaba, le dije que él no era un delincuente. En ese momento yo no sabía que él no tenía antecedentes, pero me dio esa impresión. Esa fue mi estrategia, confiar en él y confiar en mi instinto que me decía que él no era una persona mala y que podía salir todo bien. Le dije que íbamos a salir todos vivos de ahí.
«Como media hora después entraron dos negociadores y una sicóloga. Él pidió que me quedara ahí, siempre quiso que estuviera ahí y actué como interlocutor en todo momento. Me preguntaba a mí quiénes eran esas personas y qué hacían ahí.
«Yo le hacía gestos con los ojos a la mujer para que estuviera calmada, para que no se desesperara, porque había mucha tensión. Todo el rato le mantuvo los cuchillos cerca.
No me deje solo
«Unas dos horas después, el secuestrador pasó a la otra fase, empezó a pensar que la estaba embarrando. Empezamos a conversar de cosas más personales, él me hacía preguntas de mi vida, de dónde era, me preguntaba si me había enfrentado a situaciones personales. Entramos a un diálogo personal. Me decía Neira y yo le decía Marco.
«Cuando entró a la fase de entregar, de rendirse, dos horas después, me pedía que no lo dejara solo. Ahí se sentó, se cansó, pero nunca le sacó los cuchillos a la señorita. Me dijo que me sentara también, pero no lo hice, le dije que estaba más acostumbrado que él a estar parado.
«Le hablé con la verdad, le mostré empatía, le dije que se estaba metiendo en un problema mayor. De una amenaza con arma blanca, le dije que estábamos pasando a un secuestro. Le expliqué las diferencias legales que implicaba si nosotros le quitábamos las armas o si él entregaba las armas de manera voluntaria.
«Me pidió salir conmigo, yo le dije que sí, que no le iba a pasar nada. Ahí el equipo me estaba haciendo señas que iban a proceder con la detención, esperando que él soltara a la señorita. Fue todo muy rápido. Él dejó las armas, soltó a la mujer, la sacaron del peligro, sonó el estruendo de la bomba de ruido y lo tomaron a él, para que no se autoinfligiera heridas.
«Con el ruido yo me tiré al suelo y se abalanzaron sobre él. Cuando se lo estaban llevando gritaba mi apellido».


