«El agua desalada no tiene sabor a mar»

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Proyectos buscan llevar esta tecnología a La Serena, Valparaíso y la zona central

Varias ciudades del norte ya cuentan con plantas, y hay montones de proyectos.

Casi la mitad de los chilenos (47%) cree que en el país todavía hay agua en abundancia, según un estudio nacional de la Asociación Chilena de Desalación y Reúso (Acades) y Criteria. El dato contrasta con la realidad: la década 2016-2025 fue la más seca registrada en Chile.
En el norte, la escasez empujó a mirar el océano: hoy Antofagasta, Tocopilla, Tierra Amarilla, Copiapó, Caldera y Chañaral dependen del mar para su abastecimiento de agua potable. Y la industria sigue creciendo: según el catastro de Acades, hoy hay en Chile 48 proyectos en etapas de ingeniería o construcción, con una inversión estimada de 19.367 millones de dólares, que representarían una capacidad adicional superior a 22.000 litros por segundo solo en desalación.
El proceso ocurre en plantas costeras. El agua se capta a más de 20 metros de profundidad, a baja velocidad para no arrastrar algas ni peces, y pasa por filtros hasta llegar a los racks de ósmosis inversa, donde membranas semipermeables retienen las sales. De cada 100 litros captados, entre 45 y 48 salen convertidos en agua de alta pureza; el resto vuelve al océano como salmuera por un emisario submarino. «Dependiendo de la capacidad de la planta, esta pluma salina puede tener el área equivalente a una cancha de tenis», compara Rafael Palacios, vicepresidente ejecutivo del gremio.
En enero, la Cámara de Diputados despachó la ley que regula el uso de agua de mar para desalinización. «La desalación dejó de ser una tecnología futurista para transformarse en una política pública de Estado, que permitirá contar con una fuente inagotable de agua para el consumo humano y la actividad productiva», proyecta Palacios.
Antes, obtener todos los permisos para una desaladora demoraba en promedio 139 meses (más de 11 años); el gremio espera que la norma acorte esos plazos. La ley además permite que las plantas industriales reserven hasta 5% de su producción para consumo humano de las localidades cercanas.
La zona central es la próxima frontera: en Valparaíso, la planta Aconcagua inyectará 200 litros por segundo a la red de Esval, beneficiando a 600.0000 familias, mientras que para Coquimbo se proyecta una desaladora que partiría hacia 2028 o 2029.
Un antofagastino toma agua que hace unas horas era mar. ¿Se nota en la tetera, en el sabor del té, en la ducha?
«El agua desalada no tiene sabor a mar. Las diferencias son imperceptibles porque la ósmosis inversa le quita prácticamente todas las sales y minerales al agua de mar. De hecho, sale tan pura que se necesita remineralizarla para que cumpla la misma norma de agua potable que rige en Santiago o en cualquier ciudad de Chile».
Los críticos apuntan a que desalar consume mucha electricidad y que muchas veces viene de combustibles fósiles.

«La disponibilidad de energía renovable depende de la evolución de nuestra matriz energética, que muestra una de las mayores incorporaciones de energía solar y eólica del mundo. Esa es la que va a suministrar las plantas desaladoras del futuro y la que abastece actualmente gran parte de las existentes. Si consideramos que el consumo promedio de agua de una persona es de 100 litros por día, la energía eléctrica utilizada para abastecer a una familia de cuatro personas de agua desalada durante un día es equivalente al consumo eléctrico diario de un refrigerador, a 38 minutos de una secadora o a una hora de planchado».

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