El calor, la calor

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Nos permitiremos establecer aquí, y de modo fehaciente, que el sustantivo «calor» es ambiguo. Es decir, es uno de aquellos que pueden, académica y legítimamente, ser dichos tanto en masculino como en femenino.

Antonio Gil

Mientras Chile se derrite y no hay quien les borre la sonrisa de la cara a los fabricantes de helados, agüitas gaseosas de fantasía, mote con huesillo y cervezas, situación de la que nos alegramos por ellos, los meteorólogos dan variadas y hasta peregrinas explicaciones a esta odiosa y tórrida situación.

«Al bajar por la cordillera, el aire se calienta y hace que las temperaturas sean mucho más altas que los valores regulares para esta época del año», afirma un experto en el llamado «efecto bombín». Otros especialistas apuntan con el dedo el ingreso de la misteriosa vaguada costera al continente y alguno sindica como altamente sospechosas hasta las tormentas solares y las mal explicadas corrientes del «Niño» o de la «Niña», tan útiles para justificar cualquier lesera climática. Nos amenazan estos buenos señores, de pasada, con un fin de semana tipito consomé, donde los pájaros van a caer escabechados del cielo.

Más apocalíptico, y hasta siniestrón, uno de estos sabios aventura en tono de Nostradamus que «las temperaturas que van a superar los 37 gados a la sombra estarán entre el 25 de enero y el 25 de febrero». Todo bastante medieval y precario, pensando en lo avanzado de otras disciplinas humanas que han ganado algo más de exactitud con lo que ha corrido la historia de la ciencia.

Lo único cierto es que hace un calor de mil demonios, que parece querer batir ese fatídico récord impuesto en 1913 en el Valle de la Muerte, Estados Unidos, con sus inimaginables 56,7 grados centígrados bajo techo. Ya habrán notado que cuando la temperatura sube se produce entre nosotros un fenómeno del lenguaje divertido y, cómo no, con una puntita de clasismo. Nos referimos al modo en que cada quien expresa esta sensación agobiante: «el calor» o «la calor». Como de esto creemos saber algo más que los meteorólogos de temperaturas, nos permitiremos establecer aquí, y de modo fehaciente, que el sustantivo «calor» es ambiguo. Es decir, es uno de aquellos que pueden, académica y legítimamente, ser dichos tanto en masculino como en femenino, sin que cambie nada de nada en lo absoluto. Del mismo modo, los marinos y pescadores prefieren decir «la mar». El chacarero, por su parte, haga el tiempo que haga, no abandona su cultivo de «alverjas», lo cual es también correctísimo para la sacrosanta Real Academia de la Lengua.

Esas precisiones lexicales no son para nada refrescantes, es cierto, ni cambian la camisa pegada a la piel o las noches de insomnio bajo la ducha fría. Pero esperamos que nos ayuden a borrar esa sonrisita estúpida de mucho pitucón ignorante que escucha los informes de su jardinero o el gesto despectivo de alguna viejuja odiosa que escucha con lástima al «hombrecito» que le hace el aseo, puliendo el parquet bajo los 34 grados que lo aplastan . Eso, convendrán, hace algo más llevadera esta terrible calor que nos trae atontados en medio de una atmósfera chilensis tan Penta, tan desalentadora y tan poco estimulante, se la mire por donde se la mire.

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