Vicente y Cristopher Yáñez llevaban dos años presos
Está convencida de que sus hijos cumplían una condena injusta que ella planeaba anular.
«Mis dos hijos están muertos», dice Bernardita Gajardo con voz suave y camina lentamente por Ureta Cox, la calle donde se apostaron los familiares afuera de la Cárcel de San Miguel. No se altera, lleva las manos en los bolsillos y le caen lágrimas por su rostro enrojecido con la asoleada espera.»Amo tanto a mis hijos, que sé que si yo estoy bien, ellos estarán bien». Todavía conjuga en presente, pero hace unos segundos que ya le informaron que lo peor sucedió: Vicente, de 21 años, y Cristopher, de 23, el tercer y el cuarto hijo de los nueve que tiene, habían fallecido calcinados.
Su tranquilidad contrasta con las múltiples escenas de histeria y desmayos que acompañan a cada anuncio de muerte.
Ella reflexiona y encuentra explicación para su serenidad. «Mis hijos estaban presos injustamente por culpa de un fiscal y de un abogado negligente. Cayeron por un autorrobo, esos son solo unos pocos meses, pero estaban condenados rematados a diez y a cinco años», se queja.
«Había juntado plata y tenía un nuevo abogado. Teníamos todas las pruebas para anular el juicio. El hombre que les pidió que robaran el camión en que él manejaba está libre», denuncia.
-¿Cuándo los vio por última vez?
-El domingo. Vicente estaba contento porque estaba de asistente, pero Cristopher estaba muy triste porque había muerto un amigo. Ellos nunca me decían si estaban mal, pero a mí me bastaba mirarles la carita para saberlo.


