Como se sabe, el controvertido y ultraconservador telepredicador evangelista norteamericano Pat Robert-son ha asegurado hace unos días, por su cadena de televisión, que los monstruosos desastres provocados por el terremoto de Haití, así como las incontables guerras civiles, calamidades y miserias que han asolado a ese país caribeño en los últimos años, se deben nada menos que a un «pacto con el Diablo» que hicieran sus ciudadanos cuando se independizaron de Francia. Especificó, además, que tal tratativa demoníaca habría ocurrido en 1769, en Bois-Cayman, en una ceremonia del sacerdote vudú Boukman, en lo que se considera el inicio de la independencia haitiana.
Eso, estimados lectores, es estrictamente cierto. Lo que el boquiflojo predicador no dijo en su alocución fue quién es en realidad ese ser diabólico con que Haití hipotecó su destino, por lo que intentaremos identificarlo en estas líneas.
En 1804, Francia exigió a Haití, como condición para su independencia, el pago de una gruesa indemnización. Al no contar la primera nación negra que abolió la esclavitud de sus ciudadanos con la caja necesaria para pagar el rescate, la propia Francia y otros países, entre los que se cuenta Estados Unidos, le «ofrecieron» préstamos con intereses siderales. Es así como la sangría se ha eternizado y la historia consigna que, en 1900, nada menos que el 80 por ciento del presupuesto de Haití fue destinado a pagar la dichosa deuda, a costa, naturalmente, de un empobrecimiento escalofriante del estado haitiano y su paupérrima población. Sólo en 1947 lograron saldar la usuraria deuda cobrada por librarse de sus cadenas, pero lo hicieron sólo para caer en otras deudas, contraídas éstas por el terrorífico dictador Duvalier para solventar su desatado tren de vida y sus vicios y lujos absurdos.
Hasta julio del año pasado, Haití, el país más pobre de América y uno de los más pobres del mundo, tenía una deuda externa de 1.885 millones de dólares, de los cuales 214,8 millones los debía a los países miembros del Club París. Se afirma que en julio de 2009 el Club París resolvió iniciar un proceso de anulación de la deuda directa de Haití. Sin duda, hasta al Diablo a veces le resulta más sano hacer la pérdida. De un lado, resultaba una vergüenza tratar de cobrarla a una nación en caos y, de otro, era bastante improbable sacar agua de esa dura piedra.
También le debe Haití a la bolivariana Venezuela de Chávez y al difuso Taiwán. Ése es el auténtico rostro del Diablo del que no habla el reverendo Robertson: la usura de algunos países ricos que han cobrado con sangre la libertad de un pueblo pobre, los mismos que hoy corren en su auxilio cuando el país agoniza en medio del infierno y requiere de millones de dólares sólo para poder volver a respirar. Su pacto con el Demonio de los usureros mundiales, efectivamente, ha sido la principal causa del drama de Haití y su devastado pueblo. Lo demás son la desorganización propia de la miseria y sus incontables adversidades colaterales.
El auténtico rostro del Demonio con que Haití tiene hipotecado su destino es la usura de algunos países ricos que han cobrado con sangre la libertad de un pueblo pobre.


