El drama defensivo de los grandes

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Título/Pie de foto: Juvenal Olmos


Colo Colo y la U entraron en el último tiempo en una disputa armamentista por convertirse en equipos agresivos que los dejó muy expuestos en la última línea.

Juvenal Olmos

Aprender a defender puede ser tanto o más importante en el fútbol que saber atacar y me parece que en este punto podemos encontrar gran parte de los problemas que actualmente afectan a Colo Colo y, en menor medida, Universidad de Chile. Lo preocupante, además, es que las dudas crecen a sólo unas semanas de su participación en la Copa Libertadores.

En el fútbol hay un antiguo dicho que resume estas discusiones: yo defiendo donde quiero y ataco donde me lo permite el rival. En ese sentido, al menos en apariencia, es más fácil trabajar las herramientas defensivas de un equipo que perfeccionar sus opciones de ataque. Colo Colo y la U, sin embargo, entraron en el último tiempo en una disputa armamentista por convertirse en equipos agresivos que los dejó muy expuestos en la última línea.

La parte más difícil le toca ahora a Héctor Tapia, cuyo equipo no ha sido estructurado para defenderse. No hay partitura, más allá de la posesión de pelota, y se nota cada fin de semana en los tipos de jugadores que elige el entrenador para plantear los partidos. Sin duda, elige a los mejores, pero no están preparados para defenderse en conjunto. Producto de ese desajuste, a pesar de las capacidades individuales, la defensa colocolina siempre acaba enfrentada a adversarios que vienen de frente, lanzados velozmente en contragolpe y con pelota dominada.

El Colo Colo campeón de Tapia pasó de tener un juego demoledor por las bandas a ser un equipo que ataca por el centro y en el que los cambios de ritmo dieron paso a una posesión sin objetivo que ofrece un flanco abierto para que le hagan daño. El mejor momento para atacar a Colo Colo se produce al final de cada uno de sus ataques. Es cosa de esperarlo y meterle con todo.

La U en cambio se empezó a complicar la vida con el vértigo. El viejo axioma de defender siempre con un hombre más que lo que propone el rival para atacar no se está cumpliendo en la escuadra de Martín Lasarte. Hay mucho mano a mano entre los zagueros azules y los delanteros contrarios. El desequilibrio en este caso se produce por la obesión de achicar los espacios, presionar arriba, anticipar y presionar permanentemente la pelota. La idea de llegar rápido al arco rival nos presenta a un equipo difícil de aguantar, durísimo en el trámite, pero falto de precisión y complicado al momento de reconvertirse. No hay un defensor 30/40 en el equipo, un zaguero capaz de meter un pase largo de 30 o 40 metros desde atrás e insistir en esa jugada sólo implica rifar el balón, saltándose la gestión del mediocampo de manera abrupta e innnecesaria. A lo mejor es por la falta de un patrón futbolístico en el medio, que ordene y distribuya como alguna vez lo hicieron Víctor Castañeda, el Leo Rodríguez o Raúl Aredes.

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