Pete Doherty, el rockero que no logra ponerse de pie
A sus cortos 31 años de existencia, el vocalista de The Libertines ya tiene 25 visitas a la Corte. Algunos se preguntan cómo sigue tan libre.
«Uno de los grandes misterios de nuestra época es por qué Pete Doherty no está en la cárcel. ¿cuántos de sus amigos deben morir para que sea sacado de circulación?». Melanie Phillips, columnista del diario londinense «Daily Mail», no tiene piedad con el decadente rockero; a su juicio, más que un drogadicto incurable, es un peligro para quienes lo rodean.
A sus cortos 31 años, el ex novio de la supermodelo Kate Moss ya suma 25 visitas a la corte, una veintena de condenas remitidas por posesión de estupefacientes y tres breves estadías en prisión. El problema es que no le basta con hacerse pedazos la vida: a juicio de Phillips, Pete está empeñado en llevarse a varios al otro mundo. «En reuniones sociales suele sacar de su bolsillo bolsitas de heroína. Primero juguetea con ellas; luego las lanza sobre la mesa y les dice a todos que se sirvan», explica.
Pete Doherty encarna de manera patética el cliché del «sexo, drogas y rock and roll». Talentoso y carismático, a inicios de esta década tuvo a Gran Bretaña a sus pies cuando su ruidosa banda «The Libertines» era la favorita entre los adolescentes descarriados. Sus tumultuosas actuaciones en vivo le granjearon una base de fanáticos militantes; catalogados por la revista musical NME como «los Beatles del siglo 21», su exorbitante fama local jamás trascendió realmente las fronteras de la isla. Ya calmadas las aguas, hoy muchos se preguntan si el punk melódico y trasnochado del grupo merecía tanta adulación.
Aún en la cima del éxito, sin embargo, Doherty jugaba con la autodestrucción. Adicto a la cocaína, la heroína y el crack, su comportamiento siempre fue impredecible y errático. Legendarias son las peleas a golpes sobre el escenario con su socio Carl Barât, quien lo echó y acogió mil veces hasta que optó por disolver la banda el 2004. Desde entonces, casi todos los años se reconcilian para montar rentables «conciertos de reunión». Pete montó el proyecto «Babyshambles», que pese a su escuálida producción sigue llenando teatros y cosechando loas de la prensa especializada.
De todo
Y hasta ahí llega el currículum artístico de Pete; el resto es prontuario policial. El recuento de sus delitos arroja episodios memorables: dos meses de cárcel por robarle un computador a su amigo Barât, expulsión de los EE.UU. por manejar drogado cuando se le suponía internado en una clínica de rehabilitación, una visita a tribunales por robarle el automóvil a un fan.
Su mayor exposición mediática, sin duda, vino en septiembre del 2005: el diario «The Mirror» publicó una serie de fotos donde su entonces polola, Kate Moss, aspiraba cinco líneas de coca mientras lo acompañaba en el estudio de grabación. Ahí Doherty por fin se hizo famoso en todo el planeta. Obsesionada con el muchacho, la modelo llegó a lucir un anillo de compromiso hasta que el 2007 entró en razón, se desintoxicó y lo pateó.
Meses después de la ruptura, el vocalista fue sentenciado a 14 semanas de cárcel por violar su libertad condicional al ser descubierto en posesión de heroína. En prisión debió recibir protección especial porque otros reos -hartos de sus poses de estrella- amenazaron con darle pateaduras a diario. Pese a que tras salir libre protagonizó una docena de incidentes con la ley -manejo en estado de ebriedad, agresiones a fotógrafos, porte de sicotrópicos- los magistrados fueron compasivos. En diciembre pasado, durante una audiencia en Londres, de su bolsillo cayeron trece saquitos plásticos llenos de heroína: por motivos misteriosos, la jueza aceptó la excusa de que él no sabía que la droga estaba ahí porque «hacía mucho tiempo que no usaba esa chaqueta». «Por favor, no sea tan idiota», le aconsejó antes de soltarlo.
Confuso incidente
Así fue cómo la noche del 23 de enero Doherty visitó un roñoso departamento en Homerton, suburbio del este de Londres. Ahí vivían su amigote Peter Wolfe -sindicado como el responsable de introducir al cantante en el mundo de las drogas- y la cineasta Robyn Whitehead. Esta hermosa rubia de 27 años, heredera de una multimillonaria familia ligada a los medios, había trabajado durante un semestre en la filmación de dos documentales sobre la vida del rockero. Lo que vino después es confuso. A las ocho de la mañana del día siguiente, alertados por un llamado de su compañero de piso, los paramédicos la encontraron muerta en su cama.
Algo olía muy mal en la historia. Doherty evacuó una nota de prensa donde afirmaba estar «choqueado y amargado» por la muerte de su amiga, aunque esa misma tarde fue visto borracho en un bar. Entrevistado a la salida de un cuartel, un lloroso Wolfe juró que horas antes de la tragedia había recibido una simple visita de cortesía de su amigo rockstar. «Él se marchó, nosotros tomamos el té y nos quedamos dormidos viendo un DVD. luego se fue a acostar. Cuando desperté, Robyn estaba muerta», aseguró. Un detalle sonaba escalofriante: tras llamar a la ambulancia para que recogiera el cadáver de su amiga, él se fue a dormir «porque estaba exhausto». Si bien reconoció que ambos eran adictos a la heroína, dijo que justo esos días se encontraban en proceso de limpieza y que se acompañaban mutuamente para no caer en la tentación.
Aparece Doherty
Todo, por cierto, era mentira. Cinco días después, atrincado por la policía, Wolfe admitió que durante esa noche infausta habían tomado tranquilizantes y alcohol en cantidades; también admitió que lo más probable era que Robyn hubiese fallecido ahogada en su propio vómito. «Es algo angustiante, yo la amaba… ella era tan bonita, tan llena de vida, una mujer tan feliz», le balbuceó al «Daily Mail». Desde el principio, la familia Whitehead guardó luto y manifestó que no quería buscar culpables.
Hasta ese momento Doherty salía libre de polvo y paja; Scotland Yard, no obstante, ya estaba sobre sus pasos. Los resultados preliminares de la autopsia sugerían que, además de Valium, Robyn había consumido heroína poco antes de morir. Esta semana, tras una acuciosa pesquisa, el vocalista fue arrestado por la fundada sospecha de que él fue quien suministró la droga: hoy se sabe que al día siguiente de la muerte visitó el lugar de los hechos con el aparente propósito de borrar huellas. La dueña del departamento, Gill Samworth, el músico Alan Wass y Peter Wolfe también fueron detenidos bajo los cargos de haber provisto la heroína y de entorpecer la investigación con falsos testimonios.
Los cuatro quedaron en libertad bajo fianza hasta la primera audiencia, fijada para abril a la espera de que los forenses entreguen los resultados definitivos de los exámenes toxicológicos. Por ahora, Doherty no ha comentado el asunto. «Pete mantiene firme su versión de que no ha tenido nada que ver con la muerte de Robyn. Está muy angustiado por todo», conjetura el diario «The Sun».
La absurda muerte de un fan
Sheila Blanco no puede creer que Pete Doherty siga en libertad. Ella es madre del actor Mark Blanco, fanático obsesivo de «The Libertines». El 6 de diciembre del 2006, este joven de treinta años se topó cara a cara con Pete durante una fiesta. Bastante pasado de copas, se atrevió a dirigirle la palabra a su ídolo para rogarle que asistiera al estreno de una obra en la que actuaba. El rockero lo mandó a freír monos; Mark reaccionó muy mal y terminó acogotándolo contra una pared. Los amigos de Doherty le dieron una tunda y lo echaron del departamento, pero él volvió.
Una cámara de vigilancia muestra cómo el espigado muchacho entra al lugar; 56 segundos después se lo ve caer desde el balcón situado apenas a cuatro metros de altura sobre la calle. La misma cámara comprueba que Doherty y Kate Russell, su polola de entonces, salieron corriendo minutos más tarde sin preocuparse en lo más mínimo por el tipo que agonizaba en la vereda. Víctima de una severa contusión cerebral, Mark falleció al día siguiente.
Aunque un amigote del cantante confesó haber empujado al actor, luego se retractó. Hasta hoy el caso está rotulado como «muerte accidental o suicidio». Segundos antes de la caída, un vecino había escuchado a dos hombres que peleaban. «¿Quién se suicida tirándose de espaldas desde un segundo piso? Las muertes de Robyn Whitehead y de mi hijo tienen un común denominador: Pete Doherty», acusa hoy la desconsolada Sheila en el sitio justiceformark.com, que busca esclarecer qué pasó exactamente esa fatídica noche.


