NatGeo estrena el próximo domingo la nueva temporada de la serie Frontera: Zona de peligro
Un equipo de TV acompaña a las agencias federales que se enfrentan a burreros, ilegales, traficantes y su profesional tinglado.
No se anda con cuentos Nicholas Stein cuando habla de lo que vio grabando el trabajo de las policías federales en el límite territorial entre Estados Unidos y México como productor de la serie de NatGeo «Frontera: Zona de Peligro», un verdadero reality con oficiales, burreros, inmigrantes ilegales y traficantes de personas. «Todos pueden tener su opinión sobre lo que se ve, pues hay situaciones muy duras, pero será mejor informada cuando vean este programa. Ningún otro ha logrado este acceso a las fuerzas federales estadounidenses. Estuvimos siguiéndolos en sus lanchas, caballos, motos, donde fueran. Es un trabajo muy difícil, pero también excitante. Lo que mostramos a la audiencia es la primera realidad de lo que pasa en la frontera y cómo viven los que tienen que defenderla», explica al teléfono desde Estados Unidos.Stein estuvo la friolera de 15 meses con seis agencias federales y ahora se apronta para el lanzamiento de la segunda temporada de la serie (el domingo 12 de septiembre a las 23 horas, con repetición los miércoles a las 21 horas), cuyo primer capítulo exhibe detenciones en el mar, la costa y con diversos métodos distractivos.
«Vi muchas cosas en el control fronterizo. La policía llega, se encuentran con personas, muchas veces en la oscuridad, y no sabes quiénes son. Vienen de todos lados, muchos buscan trabajo, pero los más importante de atrapar son los que comercian con ellos», cuenta refiriéndose a los cobros de 6 mil dólares que hacen algunas personas por ayudar a pasar a otros las fronteras.
No conoce la situación con precisión, pero el productor sabe que entre Chile, Bolivia y Perú también existe una frontera peligrosa por donde se trafican personas y drogas. «Si bien este es un canal americano, creo que sería una gran idea hacer un capítulo allá y en otras partes. Esta no es la única frontera del mundo. Lo clave es contar con la cooperación de las instituciones, como lo hice ahora con estas agencias federales. Teníamos un acuerdo para no revelar secretos que afectaran la seguridad nacional, así que pude hacer todo casi al ciento por ciento a mi manera», asegura.
«No seas burro»
El capítulo que se estrenará el próximo domingo parte en San Diego y muestra a los agentes que cuidan la frontera, desde las playas del Pacífico a la ciudad misma, llena de lugares inhóspitos. Unas vallas paralelas protegen el cruce, pero igual personas tratan de pasar por ahí todo el tiempo. «Es la parte más desagradable de la frontera», dice un oficial. En una zona llena de desechos y aguas servidas, no hay espacio para distraerse. Si alguien logra burlar el control, salta la cerca en segundos y caen al lado de un centro comercial, donde puede perderse fácilmente.
En otra zona, del lado mexicano, unos acabados adictos a la heroína se inyectan. La presencia de la policía les da lo mismo. «No seas burro», le dice un oficial a un tipo que manipula su jeringa. Éste ni se inmuta. La razón es simple: son un mero distractor que ocupan los reales interesados en llegar a suelo estadounidense.
En la bahía de San Diego la cosa no es más fácil. De noche, con un radar especial, son cinco las agencias que custodian el mar abierto. También reciben informes desde aeronaves. Les avisan de un barco que viene muy lento desde México. Cuando paran al navegante, ven que no tiene documentos y lo llevan a la aduana. Al revisarlo, le encuentran una bolsa con marihuana, crack y metafentamina pulverizada. Una vez más, creen que puede ser un vigía de otros que viajan con cantidades más grandes. No es más que el inicio de una cacería sin fin.
Esos malditos pollerosEs tarde en San Isidro, otra zona fronteriza entre Estados Unidos y México. Las cámaras vigilan las placas de los vehículos y ante cualquier dato sospechoso, los policías proceden a abrir las cajuelas. «Las cámaras leen las placas de los vehículos, pero los oficiales somos lo importante», dice uno, apelando al poder de su instinto, al tiempo que descubren a una mujer oculta en la maleta. Sorprendida y tras pasar por el lector de huellas digitales, dice que tiene un hijo con un americano, que lleva meses sin verlo y que le pagó a alguien por entrar.
«No soy un pollero», se defiende otro aprehendido, usando la jerga mexicana para negar ser contrabandista de personas. Como no hay evidencia clara contra él, lo mandan de vuelta a México.
Por su parte, la mujer cuenta que tuvo que pagar 6 mil dólares para que la ayudaran a pasar. «Sé que nunca más me darán mi visa, pero quiero estar con mi hijo», llora. Lo peor es que le aterra tratar con los traficantes cuando vuelva a Ciudad Juárez, porque ellos igual le pasarán la cuenta.


