El fin del achanchamiento

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A ese abominable prototipo televisivo de la familia chilena media-baja (o más bien a su estereotipo más ramplón nacido desde el radial Hogar dulce hogar , del desaparecido Eduardo de Calixto) por fin la campana del destino le picó los ocho toques de difunto: a Los Venegas no le dio el vuelito que traía, gateando, para alcanzar la súper era de la indefinible alta definición y su promesa que nos garantiza, por estos días de pescadas al por mayor, el mismísimo paraíso en la Tierra.

La defunción de Los Venegas viene siendo a todas luces la metáfora de un Chile que se azumagó y apercancó, víctima de una ramplonería tacaña en recursos, repetitiva y añeja, que ya no guardaba relación alguna con la realidad de esas villas de termopaneles, con pomposos nombres de condominio como Altos de Santa Faustina o Valle Real de Lo Echazarreta y sus autos chinos a la puerta con que hoy se identifica este lamentable segmento «aspiracional» de nuestra sociedad.

El programita de marras, cada día más empobrecido y denigrante, que venía pegando desde 1989, en un ingente esfuerzo por identificar a la «típica familia chilena» achanchada y deprimente, era transmitido en un horario que no podía ser más de medio pelo: las 2.30 de la tarde. La boleta estaba firmada hace rato, pero por arte de birlibirloque flotaron la friolera de 19 años en la pantalla chica, en un milagro sin precedentes donde sólo cabe como explicación el esfuerzo titánico de sus realizadores y su comprensible necesidad de ganarse los garbanzos. Papá Guillermo (Jorge Gajardo, actual alcalde de La Florida), Silvia, su mujer y mamá de ejemplares descuartizables como Paolita y Memito, desaparecido desde ¡hace siete años! por hallarse estudiando en Osorno, junto a aquella caricatura de veterana intrusa que hacía Yoya Martínez, secundada por un ser de cartón piedra que era el compadre Moncho, más el obvio y avinagrado señor Retamales, gracias a Dios se han borrado (esperemos que para siempre) de las pantallas junto a la Mirnita, Estrellita y otros seres aborrecibles.

Comprendemos que habrá muchos que lloren esta pérdida que alimentaba sus horas de colación. Pero, paciencia, ya vendrá otro bodrio a llenar ese espacio, ahora con taxistas guatones satisfechos de sí mismos, compraventeros de autos, cosmetólogas arribistas o la basura que haga falta para identificar a un Chile que, desde las altas esferas, imaginan solazado en su propia ramplonería. Reconocemos nuestra absoluta falta de objetividad frente al fenómeno, pero ocurre -amable lector- que la objetividad no existe. Soñaríamos con un programa-espejo que dé cuenta del país valiente que está ahí, con sus afanes de trascendencia, con sus ejemplos de autenticidad y entereza moral. De dignidad y desapego. Un pueblo consciente de qué importa y qué no. Eso sí que sería para reírnos a mandíbula batiente, porque nada, absolutamente nada en la Tierra, es más risible que un gran embuste.

La defunción de Los Venegas viene siendo a todas luces la metáfora de un Chile que se azumagó y apercancó, víctima de una ramplonería tacaña en recursos, repetitiva y añeja.

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