Doctor en filosofía reflexiona sobre el boom por las láminas del Mundial
Álvaro Muñoz Ferrer colecciona las figuritas con su hija de 10 años y ve con preocupación lo que llama cultura de la inmediatez por llenar las páginas.
Álvaro Muñoz Ferrer tiene 39 años, es doctor en filosofía, profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez y papá de Valentina, de 10. Aunque a ella nunca le llamó mucho la atención el fútbol, dice, le pidió coleccionar el álbum, «probablemente porque el fenómeno está muy de moda».
Como buen papá, se lo compró y recordó su infancia completando álbumes. Lo que observó comparando aquella época con la actualidad lo llevó a enviar una carta al director al diario El Mercurio. «Veo con nostalgia que las amistades pasaron a segundo plano, la paciencia fue reemplazada por la ansiedad y el misterio ha sido desplazado por la urgencia de completar el álbum cuanto antes», escribió.
«La reflexión nació cuando me di cuenta de qué era lo que movilizaba hoy a jóvenes y no tan jóvenes a completar el álbum del Mundial. Como yo recuerdo este fenómeno antes, lo que cobraba valor no era tanto el álbum completo, sino las dinámicas y las relaciones que se daban alrededor de la colección», explica Muñoz.
«Lo que veo hoy, en cambio, viendo las noticias y conversando con quiosqueros y con otros padres, es que esa dinámica cambió sustancialmente. Ese misterio que uno experimentó antes, en los años 90 o en los 2000, hoy parece más ansiedad por que salga la lámina que necesito. Si no sale, eso genera un problema y hay que buscar formas rápidas de resolverlo. Un quiosquero me decía que las láminas estaban completamente agotadas porque la gente está comprando sobres de manera masiva. Eso, al menos yo, no lo recuerdo antes. Uno compraba un par de sobres y el resto lo iba solucionando en el camino», dice.
«Los quiosqueros cuentan que la gente compra para satisfacer pronto esta necesidad o ansiedad por completar el álbum y también porque algunos después revenden los sobres o las láminas. Ese fenómeno de la reventa también refleja algo más amplio: hay personas que observan que existe interés por algo y concluyen que pueden obtener una utilidad económica de ello. Entonces compran mucho porque saben que otros estarán dispuestos a pagar más», añade.
¿No le parece que las cambiatones de láminas mantienen ese sentido de comunidad?
«Efectivamente existe intercambio, pero si te fijas en las convocatorias, el objetivo sigue siendo completar el álbum lo antes posible. Antes la relación con otros era el centro y el álbum era la excusa. Hoy pareciera que la relación con los demás es el medio y completar el álbum es el fin. El fenómeno se parece al de antes, pero la motivación detrás cambió de manera importante».
Para Muñoz, «todo esto es un síntoma de algo más grande: el avance de la llamada cultura de la inmediatez. Es un fenómeno social relacionado con el uso de tecnologías y que promueve la búsqueda de placeres rápidos y satisfacción instantánea. Lo vemos en redes sociales y en muchos otros ámbitos de la vida. Yo veo que eso también está movilizando hoy el llenado de álbumes. Estamos cada vez más definidos por lógicas que buscan productividad o utilidad en lugar de valorar el camino que recorremos. No se trata de romantizar lo que ocurría antes, pero sí de mirar con preocupación cómo esta inmediatez podría incluso llegar a enfermarnos».
Y en el caso del álbum, ¿cómo se puede cambiar eso?
«Lo que yo haría como papá sería espaciar más los estímulos. No comprar de a 50 o 100 sobres para que el álbum se complete rápidamente, sino transformarlo en una dinámica familiar, por ejemplo. También incentivar que los niños intercambien con sus compañeros y amigos. Así volvemos a valorar esas relaciones de amistad que antes se daban naturalmente. No creo que haya que demonizar el fenómeno ni criticarlo como algo grave. Más bien creo que hay que vivirlo de manera más pausada y reflexiva».
¿Algún álbum que recuerde con nostalgia, Álvaro?
«El primer álbum que se me viene a la mente es el de Francia 98. Lo coleccioné cuando estaba en el colegio y recuerdo que nos reuníamos con los compañeros, que a veces los profesores nos dejaban ver los partidos en la sala y que todos teníamos nuestros álbumes. Era una experiencia muy entretenida. Si me preguntas por láminas específicas, claro que recuerdo las de Zamorano y Salas, porque eran las que había que tener en ese momento. Pero, siendo sincero, lo que más me evoca emociones no son las láminas, sino el hecho de compartir con mis compañeros. Actualmente las láminas duplicadas tienen un valor instrumental: sirven para intercambiarlas por las que faltan y completar el álbum. Y creo que esa diferencia refleja muy bien el cambio de mentalidad que intenté describir en mi carta».


