Comentario sobre la película Guerra civil
Astuto, el director Alex Garland oculta gran parte de los antecedentes que han derivado en el caos visto en la película «Guerra civil». Las causas quedan ocultas por la bruma de la violencia que ha vaciado las ciudades, aunque con toda seguridad se trata de las divisiones que mantienen en tensión a Estados Unidos.
La cámara del filme, en cambio, se queda con el nivel más básico y peligroso de las refriegas sociales: el odio puro y duro.
En más de una manera la película parece una historia de zombies sin que se asomen los muertos vivientes. La destrucción y el abandono no son tan distintos a lo visto en la serie «The last of us». Pero en lugar de un virus, el país se contagia en todas direcciones de un odio que enceguece a los personajes al punto en que ya nadie sabe muy bien contra quién está peleando.
Varias escenas dejan claro que ya queda únicamente la barbarie. Por eso mismo, el escenario resulta aterrador. No se necesitan consignas u ofensas de algún tipo, sólo la remota certeza de que el tipo de la otra calle puede apuntar a su vecino con un rifle que en Estados Unidos abundan como las piedras.
Peor aún si el espectador, camino a su casa, se va pensando en cómo los discursos de los líderes de hoy en todo el mundo inflaman la parte más emotiva e irracional de su público. Por eso mismo, aunque no aparezca una sola mención a un partido o una bandera, «Guerra civil» es un trabajo político, pero no del todo partidista.
Las decisiones en el reparto son excepcionales. Wagner Moura como el periodista adicto a la adrenalina se desborda en emocionalidad, mientras Kirsten Dunst contiene los fuertes sentimientos y recuerdos que le vienen mientras fotografía las monstruosidades. Representan dos caras de la prensa: la mirada más reflexiva de unos versus el compromiso por un bando. El diagnóstico final de Garland sobre esas dos almas de los medios no da para celebrar.
Tras ver «Guerra civil» quedan sensaciones difíciles de apagar. Por un lado, el entusiasmo de ver una gran película sobre la violencia callejera y la descomposición social. Por otro, el regusto amargo al caer en cuenta de que eso podría ocurrir algún día, como cuando los más viejos veíamos a Charlton Heston de rodillas en «El planeta de los simios», maldiciendo a los que provocaron una guerra nuclear apocalíptica.


