Saltó de bote en bote y en tierra firme casi se ahoga atrapado en las ruinas de un restorán
Por si fuera poco, Oscar Araya salvó a su amigo Nene, que es cojo, durante el maremoto de Puerto Inglés. Nadie entiende cómo sigue vivo.
Araya habla de «arrastres», no de olas, porque a esa hora no veía nada, solo sentía que su barquito iba de un lado a otro y a toda velocidad, a veces, intuye, mar dentro, y otras, hacia la costa.
Araya y el Nene ya se habían separado, el primero en su bote y el segundo en la chatita, cuando vino la primera arrastrada: «Me arrastró para adelante y para abajo, como si un pez gigante me lo tirara al fondo. Pensé que me iría a pique de punta, así que tuve que echarme para atrás para equilibrar la lancha. Entremedio pensaba en el Nene, que lo había dejado solo. Cuando se calmó un poco el agua, lo escuché gritando por ayuda. Vi que estaba en el agua agarrado de la chatita, que se había dado vuelta. Lo subí no sé con qué fuerzas porque el Nene es remaceteado y tiene problemas para moverse. Hasta había tragado agua, el pobre. En eso vino la segunda arrastrada».
Recuerda el pescador que «debajo de nosotros se escuchaba la sonajera de piedras chocando. El barco se hacía pedazos y se estaba llenando de agua. El motor ya no funcionaba y estábamos al garete, hundiéndonos. Entonces gracias a Dios apareció por ahí cerca una lancha que también estaba siendo arrastrada. Yo justo tenía un cordel con un gancho, que siempre llevo por si acaso, y se lo tiré. Le achunté a la primera no sé cómo. Tiré del cordel, nos acercamos y nos subimos al bote, que también estaba con agua, pero con el motor bueno. Nos fuimos a Tumbes, el Nene conduciendo y yo sacando el agua de a bordo. Llegamos a un pesquero grande, un sardinero, y nos subimos. Pero entonces vino otra corriente fuerte y otros barcos grandes comenzaron a chocar al nuestro y a hacerlo pedazos. Volvimos a subirnos al bote chico. Ahí le dije al Nene: compadre, o llegamos a la orilla, o nos morimos «.
«Llegamos a la orilla, bajé al Nene y salimos corriendo cada uno por su lado. Pensé que me había salvado, pero el piso estaba lleno de pozones y me caía a cada rato. Me levantaba, me tropezaba y caía. Entonces vino otra ola, que me pilló en la entrada de un restorán. Me agarré del marco de una ventana. El agua empezó a apretarme. Si me soltaba, me iba al fondo del restorán, donde se escuchaban las maderas rompiéndose. El agua me llegaba hasta el cuello. Solo cuando retrocedió un poco el agua, pude seguir corriendo», relata Araya.
«Vi unos botes amontonados y los escalé para subirme al techo de la escuela. Cuando vino la última ola, yo ya estaba a salvo. Me rescataron cuando ya era de amanecida. El Nene también se salvó. Se había metido al tercer piso de una casa. Perdí la casa y todo lo que tenía. Lo único que salvé fue el bote, que lo pude rescatar. Pero por lo menos pude salvarme yo. Y el Nene».
Inmediatamente después del terremoto, el pescador Óscar Araya no encontró nada mejor que meterse a la mar para fondear su botecito de siete metros de largo en una zona que creía segura, frente a la pequeña caleta Puerto Inglés, comuna de Talcahuano. Lo acompañó su amigo René Durán, el Nene, que es cojo y entrado en carnes (datos no menores para esta historia), y a bordo de una chatita, que le llaman, un enclenque bote de tres metros.
«El barco se hacía pedazos y se estaba llenando de agua. Estábamos al garete, hundiéndonos»
Óscar Araya, sobreviviente del tsunami


