El rap de Pato Navia

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Me ha quedado dando vueltas la curiosa coincidencia temporal entre las conmemoraciones del cincuentenario de la muerte de Albert Camus y la fantástica pirueta ideológica realizada por Patricio Navia. Allá, en Francia, se habla del lugar del intelectual en la sociedad. Acá, el nombre del analista se ha vuelto una antonomasia de la reversibilidad de la opinión y el chiste de moda es decir, cuando alguien se da vuelta la chaqueta, que ha hecho «un Pato Navia». Sin embargo, la pirueta en sí no ha sido la gran cosa; de hecho ha sido reiterada hasta el hastío por varios otros animadores del espectáculo electoral. El caso de Patricio Navia ha quedado marcado porque es distinto, no en el fondo, sino en la forma. Da lo mismo que haya cambiado de opinión: lo importante es su estilo.

El origen de todo eso fue un intercambio epistolar entre Navia y el candidato Piñera, que está para ponerlo en un marco y colgarlo en el museo de la siutiquería. El spanglish del columnista es impecablemente gratuito y sólo necesita un rapero caribeño que les ponga a las cartas unas bases de hip-hop. Después, declaraciones por aquí, foros por allá: había que debatir y analizar profusamente su cambio de ideas. Y aún hubo más: una columna a dos páginas en La Tercera , titulada en primera persona, como corresponde, para que no quede una sola brizna de niebla o confusión acerca de un hecho que pareciera tener trascendencia mundial: el voto de Patricio Navia y su influencia en el curso del sol y los demás astros del firmamento.

Tipos como él tienen una misión secreta, tan secreta que hasta ellos mismos la desconocen, que es recordarnos de cuando en cuando nuestro carácter condenadamente pueblerino. Pienso en opinadores tan diversos como Fernando Paulsen y Hermógenes Pérez de Arce, que, pese a sus siete diferencias, tienen al menos una semejanza: que consideran la cosa pública como una cosa personal. Se sienten un engranaje en la maquinaria del poder. El mismo Navia juzga normal cartearse con los potentados, pues se sitúa en su misma esfera y se siente partícipe de informaciones privilegiadas. Con mayor o menor rigor intelectual, todos se comportan con respecto a la cosa pública como si se tratara de un club, en el que todos se tutean y tuitean.

Lo paradójico es que estos analistas abogan a cada rato por el fin de la política de castas y camarillas. Navia, que rasgaría vestiduras por la transparencia y el derecho a la información, reconoce que sus opiniones necesitan ser alimentadas por telefonazos y mails «off the record». En el fondo, necesita sentirse libre y moderno, pero al mismo tiempo ser reconocido como parte de una élite, la misma élite que ha permanecido invariable desde el siglo diecinueve o desde antes, al menos en su parte comunicacional, siempre llena de voces cómplices, de tertulias cerradas, de Tantaucos y de Océanos Azules, de cartas y secretos que corren por túneles secretos y laberintos de los que nadie, una vez adentro, ha logrado salir para contarla.

Opinadores tan diversos como Patricio Navia, Fernando Paulsen y Hermógenes Pérez de Arce, pese a sus siete diferencias, tienen al menos una semejanza: que consideran la cosa pública como una cosa personal.

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