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Título/Pie de foto: Neil Davidson
Un puñado de frases mal traducidas al inglés en el metro de Santiago condiciona la percepción de la ciudad que se llevan miles de extranjeros, generando una impresión inolvidable de ineptitud.
Neil Davidson
De acuerdo al sitio web Mifuturo.cl, los traductores están entre los profesionales peor pagados de Chile, ganando apenas 550.000 pesos mensuales con cuatro años de experiencia. Como yo mismo soy traductor, la actitud revelada por esa desvalorización del oficio no puede sino provocarme tanta indignación como su resultado, risa. Es muy visible éste, por ejemplo, en el metro de Santiago, donde un puñado de frases mal traducidas al inglés condiciona la percepción de la ciudad que se llevan miles de extranjeros, generando una impresión inolvidable de ineptitud. Y es el mismo caso en el aeropuerto. Pasando por ahí ayer, vi un letrero que proclamaba el uso de alguna preparación antibiótica del cobre para higienizar el recinto. Será un intento loable por encontrar nuevos usos para el principal producto del país, pero el efecto queda desbaratado por la versión inglesa del texto, un desastre que se podría haber evitado pagando 50.000 pesos más por una traducción decente. No hay circunstancia en inglés, por ejemplo, en la cual la frase «we care your health» pueda existir, siendo «care» un verbo intransitivo.
Estaba en el aeropuerto porque iba a Brasil con mi familia, y la sensación de despelote aumentó cuando llegamos al destino y el piloto abandonó el aterrizaje en el último instante, devolviéndonos a la estratósfera con un tremendo empujón de los motores motivado -según nos explicó después en una voz que temblaba levemente- por un problema de «contacto con la tierra». En un segundo intento logramos llegar, y pude fijarme con amargura en la mala calidad de las traducciones del aeropuerto mientras esperábamos las maletas. Y luego salimos y ahí estábamos, en Brasil, ahuyentando enormes mariposas amarillas con gestos irritables de la mano.
¿Por qué nos hacemos eso? ¿Por qué seguimos comprando ilusiones turísticas vendidas por los amigos en la noche santiaguina tras una botella de vino o una buena comida, para terminar llevando a los hijos a un país cuyo idioma entendemos apenas a medias y donde hace calor hasta en la noche? Una respuesta puede ser que esos hijos ya no sabían qué hacer con su aburrimiento en la urbe, no obstante la bendición de los videojuegos y la TV cable; mientras si hay una playa con agua ni muy helada ni muy tibia y con olas ni muy grandes ni muy chicas, es difícil que lo pasen mal un cien por ciento mal.
Para los adultos, la incomodidad misma puede ser una distracción grata de las preocupaciones rutinarias, de modo que, cuando yo vuelva a mi casa en Chile, tal vez haya dejado de reflexionar que la palabra inglesa para el viaje, «travel», está emparentada etimológicamente con el vocablo castellano «trabajo», y que proviene a su vez de «travail», una experiencia trabajosa y desagradable o, en una de sus acepciones más anticuadas, un instrumento de tortura.


