La «huelga de los tranvías», en 1888, y la «huelga de la carne», en 1905, las primeras movilizaciones ciudadanas propiamente tales que se consignan en nuestro país, se iniciaron dentro de la más absoluta legalidad, siendo el tono de las peticiones en extremo pacífico y respetuoso de la autoridad. Sin embargo, en ambos casos, los hechos derivaron en acciones de violencia y vandalismo contra la propiedad pública y privada. Esa realidad, repetida eternamente, parece haberse ya enquistado en la genética de estas expresiones callejeras de legítimo descontento popular.
Pero ¿de dónde proviene la violencia? Ya en 1888 se intentaba identificar, mediante testigos presenciales, a los grupos más agresivos dentro del tumulto, y todos los caminos llevaban a «levas de granujas incitados por agitadores encubiertos pagados por la policía». Al parecer, eso tampoco ha cambiado demasiado. Para el connotado columnista, abogado y cientista político Santiago Escobar, «en Chile, la regla general parece ser el que las manifestaciones terminen con serios incidentes y con abusos de parte de los agentes estatales, abusos que no encuentran sanción ni reparación de parte de las instancias establecidas».
Se nos informa que no hace mucho, en una manifestación, se habría sorprendido a un subteniente disfrazado de estudiante, el mismo que tras perder su mochila se descubrió que en ella portaba esposas, radio de comunicación, instructivos para marchas y las tifas que permitieron identificarlo. El parlamentario comunista Guillermo Teillier ha sido enfático al declarar: «Lo que yo le reclamo al ministro del Interior es que infiltrar a policías de civil en las manifestaciones de estudiantes o de trabajadores para provocar desórdenes y después ser reprimidos no es un método para aplicar a estas alturas en nuestra sociedad. Creemos que eso está desterrado, porque nadie va a tener seguridad. No se va a saber si la persona que está al lado es un policía o qué. Uno puede pensar que en el caso del pueblo mapuche también se han hecho estos montajes».
El viejo truco es sucio y está muy viejo como podemos ver. Se le ven por todos lados sus remiendos, sus calcetines verdes, sus marcas de gorra en la nuca. Hoy, cuando se suman en todo el país las expresiones civilizadas de pacífico descontento ciudadano por las causas más variadas -estudiantiles, medioambientales, reivindicativas-, creemos que el tiempo de los «gurkas» y provocadores ha concluido. Que la violencia debe quedar definitivamente atrás, partiendo por la violencia ejercida por agentes del Estado. Chile, pese a todos sus defectos, ha avanzado a pasos agigantados hacia nuevas formas de convivencia, las que constituyen la mejor demostración de nuestro espíritu cívico y pundonor democrático. Así, pues, aquellos métodos de «mano negra» de 1888 no huelen muy bien ya en un país que tanto ha luchado por alcanzar su actual estadio de desarrollo.
Ya en 1888 se intentaba identificar en Chile a los grupos más agresivos dentro de las movilizaciones ciudadanas, y todos los caminos llevaban a «levas de granujas incitados por agitadores encubiertos pagados por la policía».


