Elogio de los desafectos

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Objetivamente hablando, el punto más alarmante de la entrevista que le realizó hace poco un periodista norteamericano a Fidel Castro fue el recuerdo de la carta escrita por éste a Kruschev durante la crisis de los misiles en 1962, pidiéndole un ataque nuclear contra Estados Unidos. Lejos de tener un interés meramente histórico, el episodio es absolutamente candente. Castro no poseía armas nucleares propias, de modo que ante la negativa de Kruschev, no le quedaba otra que abandonar el proyecto. Sin embargo, los próceres de cómic de hoy -Ahmadinejad, Kim Jong-il- no se exponen a semejante humillación. Tienen las armas y, como lo de Castro nos recuerda, en algún momento van a querer usarlas. La cordura, última garantía de la supervivencia en la tierra, en estos casos no se da por sentada.

Pero lo que hizo noticia, obviamente, fue la declaración que hizo Castro de que «el modelo cubano ya no funciona ni para nosotros». Debería haberme alegrado, porque yo nunca pasé por esa etapa de generosidad político-intelectual que se supone propia de los jóvenes, donde el sufrimiento de los pobres y la felicidad de los ricos se ven como problemas tan perentorios que sólo bastaría para solucionarlos la acción directa y universal del estado. Muchos habrán experimentado la afirmación de Castro como el derrumbamiento de una morada querida que habitaban en su juventud; y yo debería haber estado ahí, burlándome de ellos y refregándoles en la cara su dolor.

Pero yo también me desconcerté. Esa entrevista fue el funeral, mil veces postergado, del comunismo. Si Castro ya no cree en él, ¿quién podría? Una puerta se ha cerrado para siempre, pero al mismo tiempo ha surgido una duda. Si todos ahora creen en la libre empresa, con las reservas que sean, cabe preguntarse si será tan meritoria como uno creía. Cuando comparten una misma postura tanto Castro como George W. Bush, el asunto empieza a oler a conspiración de los poderosos en contra del público. Algún defecto radical debe de tener el concepto, y me desespero porque no alcanzo a ver cuál es.

Todo esto tiene, por cierto, una aplicación más local. En la gran fiesta nacional que ahora está partiendo en Chile, nunca faltarán las personas que se quejen del olor a fritanga, afirmen que no hay nada que celebrar y se pongan a leer ostentosamente un libro mientras los demás salen a la calle con nariz postiza y gorro de papel de colores. Pero lejos de aguar la fiesta, estos recalcitrantes la realzan. Al igual que el capitalismo necesitaba a su Castro para exteriorizar sus propias dudas, toda fiesta requiere al vecino iracundo que señala a ventanazos su desaprobación. Un país donde todos celebraran sin disentimiento sería tan siniestro a su manera como un ejército invasor marchando al unísono, o como las manifestaciones de buena voluntad en un concierto de beneficencia protagonizado por las grandes estrellas.

 Recuadro : 

Así como el capitalismo necesitaba a su Fidel Castro para exteriorizar sus propias dudas, toda fiesta requiere al vecino iracundo que señala a ventanazos su desaprobación.

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