Raúl Ormeño revisa sus hitos como repartidor de leña en la cancha
El Bocón no quiso ser sacerdote y todos lo recuerdan por su patada a Branco.
Raúl Ormeño aclara que su nombre real es Elías Raúl Ormeño. No Raúl Elías Ormeño. «Mi papá era Raúl Elías. Pero un día, no sé por qué, Pedro Carcuro dio vuelta mi nombre y quedé así para siempre», dice. Elías Raúl nació en Temuco y su llegada al mundo no fue fácil: «Mi mamá (Elsa Pacheco) se embarazó cuando tenía 45 años y estuvo muy grave. Nací en la fecha prevista pero con un peso de un kilo 800, así que me tuvieron en la clínica como diez días antes de sacarme».
¿Cómo llega a Colo Colo?
«Cuando pasé a séptimo básico, me mandaron a Santiago a completar el colegio, pero con una intención: que me hiciera cura. Mi mamá tenía ese sueño. El problema es que yo no estaba convencido y un verano me fui con un amigo a probar a Colo Colo. Y, como quedé altiro, me terminé saliendo del colegio de curas. Mi mamá se indignó, pero mi papá, que era de esos autoritarios, le dijo que, si yo prefería jugar fútbol, así sería nomás».
¿Cómo se volvió un repartidor de leña en la cancha?
«Me di cuenta de que, como había tanto jugador avezado y mañoso, para jugar en Colo Colo debía dejar de ser el chico bueno, pero se me pasó la mano (ríe)».
Sus primeros años de profesional fueron en un Colo Colo bastante irregular. Sólo en 1979 fue campeón por primera vez.
«Sí, ese fue el año que llegó Vasconcelos, que hizo una dupla tremenda con Caszely. Había dos jugadores de nivel por puesto. Yo tenía que pelear el mío con Carlitos Rivas. Ese año fue muy bueno en lo competitivo, pero también muy malo en lo personal».
¿Qué pasó?
«Por el caso de los pasaportes adulterados de la Selección juvenil en Paysandú, estuve 17 días preso en Pedro Montt en una celda sin piso, de pura tierra. Fue terrible».
¿Era consciente de que estaban cometiendo un delito teniendo pasaportes falsos?
«Claro, pero los dirigentes nos dijeron que los paraguayos y los brasileños lo hacían así, que no teníamos que ser tan pavos y hacerlo también. Los únicos que tenían la edad correcta eran Fernando Astengo, Óscar Meneses y el Pelé Álvarez, pero Roberto Rojas, Arica Hurtado y yo, entre otros, estábamos pasados».
¿Se siente protagonista del logro de la Copa Libertadores de 1991?
«Claro, pero me hubiese gustado ser yo el que levantara la copa. Yo era el capitán, pero primero me lesioné antes de la Copa, por lo que no hice buena pretemporada. Y luego, ante Universitario, en la segunda fase, volví a lesionarme y quedé fuera. Igual tengo mi medalla y cobré el premio, jajá, pero no es lo mismo que jugar».
A usted lo asocian más con la patada descomunal que le pegó a Branco.
«Ese día con los brasileños entré con toda la adrenalina. Orlando Aravena me dijo antes que a Branco había que pararlo porque era el motor de Brasil, el que marcaba de tiro libre, el que, con sus pelotazos, dejaba solo a Romario».
O sea, cuando divisó a Branco, vio elefantes de colores y se fue con todo.
«Jajajá, fue más o menos así. Fui con todo porque sabía que, antes de los 10 minutos, no me expulsarían. Y no lo hicieron. Esa jugada es como el penal de Caszely para mí. Es lo único que la gente recuerda».


