Es ahora, Manuel: lo toma o lo deja

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Lo que incomoda es que nos tenga colgando,como juveniles esperando si el profe nos sube al primer equipo. Como ese jugador que promete contestar la próxima semana y pasan cinco mercados de pases.

Hay decisiones que un país entero espera como si fueran un penal en el minuto 93. Y luego está lo de Manuel Pellegrini, que ya ni siquiera es noticia: es una nube vieja, un humo que no se va, una promesa tirada en la mesa hace años, esperando que alguien la recoja. «Sí» o «no», eso sería suficiente. Pero nadie lo empuja. ¿Quién demonios podría?
El tipo tiene 72 años y todavía dice que está para ocho temporadas más. Ocho. En Chile no sabemos qué va a pasar pasado mañana, pero él camina por la vida como si recién hubiera terminado la práctica universitaria. Está en su derecho, claro. Es el chileno más exitoso que ha dirigido una pelota y ha sobrevivido a más presidentes de clubes que los que uno sobrevive a empleadores. Que piense en su plata, en su salud, en su paz, da lo mismo. Hizo su vida lejos del lodo. Nadie se lo va a reprochar.
El problema es que lo necesitamos. Y él lo huele, como todos los viejos zorros.
Mira alrededor y lo que ve es un paisaje de resaca: la Generación Dorada convertida en estampita, una federación que no podría ordenar ni un velorio, las barras bravas como custodios del desgano, técnicos interinos cayendo como moscas, esa tristeza crónica de un país que siempre cree haber tocado fondo hasta que descubre un subsuelo nuevo.
No es un lugar bonito para volver. No lo será jamás.
Si llega, no encontrará siete europeos ni mártires con camiseta. Encontrará migas. Y con migas tendrá que cocinar. Así es la pega. Y también así es el cariño: hacerse cargo de lo que queda cuando ya nada brilla.
Lo que haga Pellegrini en Chile va a servir, aunque pierda. Aunque la clasificación se vuelva otra vez un espejismo. Solo con pararse ahí ya pone orden. Tiene esa voz, esa cabeza que arma y desarma el fútbol como quien repara un motor. Chile necesita eso. Un tipo con pulso firme, aunque las manos le tiemblen un poco por la edad.
Pero si no quiere, que no venga. Que gane otra copita en España, que siga cobrando en euros. Lo veneraremos desde lejos. No es eso lo que incomoda. Lo que incomoda es que nos tenga colgando, como juveniles esperando si el profe nos sube al primer equipo. Como ese jugador que promete contestar «la próxima semana» y pasan cinco mercados de pases.
La metáfora de la novia dudosa no corre. Esto es más simple y más triste: un delantero viejo mirando la pelota con miedo de meter mal la pata, mientras todo el estadio aguanta la respiración. Y nosotros ahí, congelados desde hace rato.
Chile no puede seguir así. Ya espera demasiado.
Es ahora, Manuel.
Lo toma o lo deja.

Si deja que pase el tren, las sirenas seguirán cantando su nombre, como siempre cantan por los que nunca llegan. Pero el momento es este. Y no lo va a esperar eternamente.

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