Para algunos iluminados, el problema de la educación chilena no es la falta de buenos colegios, sino el exceso de alumnos tarados.
No es fácil imaginar en qué están pensando las autoridades cuando hablan del desarrollo. Yo supongo que ese Chile desarrollado es más o menos igual al Chile de hoy, sólo que con cifras económicas que no despinten en el concierto europeo o norteamericano. Hay conductas, valores, formas de ser que no entran en esos análisis, pero que difícilmente nos abandonarán cuando crucemos ese umbral prometido y que, en vez de progreso, nos devuelven la imagen futura de una oscura aldea infernal, la misma de hoy y de siempre.
Ejemplos sobran. A propósito de la moda por los «liceos de excelencia», el otro día leí una entrevista al director del supuesto mejor colegio de Chile, un liceo de Maipú que ha descollado como campeón absoluto en los resultados de la PSU gracias a un método infalible: seleccionan a los treinta mejores alumnos y echan al resto. Su lógica es aplastante y permite deducir que, para algunos iluminados, el problema de la educación chilena no es la falta de buenos colegios, sino el exceso de alumnos tarados.
En el fondo nos importa más iluminar con grandes focos nuestros logros, para imponer presencia, que reparar nuestras pifias y desgastes, para respirar tranquilos; en otras palabras, nos encanta pintar la casa, aunque la estructura esté comida por las termitas.
Por otro lado, no tengo claro qué se saca con cruzar el umbral del desarrollo si estamos empantanados en el atolladero de la respetabilidad, cuyo murmullo acompaña todos los ámbitos de la vida nacional. Se mire adonde se mire, pese a todas las gárgaras que se hagan a favor de la meritocracia o la excelencia, al cabo lo único que cuenta es cuán respetable es un nombre o una pinta, no cuánto prestigio se haya ganado en la vida con obras o inteligencia. Ahí tenemos a Carlos Larraín, un señor respetable, que puede decir cuanto exabrupto se le venga a la glotis sin temer la menor censura del eterno candidato a país desarrollado. En el revés, cuando un gato de medio pelo comete el desatino de decir verdades descarnadas, lo menos que puede esperarse es que lo empalen en la plaza pública.
Sobre la respetabilidad se escribió un buen capítulo hace unas semanas. Una carta del saxofonista Andrés Pérez dejó al descubierto un secreto a voces en el gremio de los músicos: que Horacio Saavedra, el tradicional -y para todos respetable- director de orquestas televisivas, habría cometido, durante treinta años, una serie de irregularidades tanto administrativas como musicales. Según Pérez y quienes apoyan la carta, el señor de la eterna sonrisa habría perjudicado ampliamente a los músicos de la orquesta del Festival de Viña del Mar, quedándose con partes sustantivas de sus sueldos, negándoles los viáticos, haciéndolos pasar hambre, etcétera. Además de eso, lo que a mi juicio es más grave, pues no hay tribunal que pueda resolverlo, es una dura acusación en términos musicales, que puede resumirse en que la maestría del diminuto batutero sería una completa farsa, pues no escribe partituras legibles, ni diferencia tonalidades en la escritura musical, ni propone arreglos de orquesta en vivo; incluso lo acusan de no dirigir la orquesta. O sea, el hombre nunca habría hecho arreglos, sino puros arreglines.
¿Cuántos años, en fin, se puede vivir en Chile de una imagen? Muchos, todos los que permita la dureza de la cara.


