El Príncipe, el Rey y el Huaso, por primera vez como rivales en suelo chileno después de todas sus aventuras con la Roja. Amigos y rivales, jamás enemigos.
El encuentro de Charles Aránguiz con Mauricio Isla y Arturo Vidal después del clásico es como las antiguas fotos de la revista Estadio: apenas se produce ya es historia. Historia grande del fútbol chileno, más allá de los resultados y de la mezquindad de los fanatismos. El empate del sábado sin duda acomoda los gestos, porque a fin de cuentas nadie perdió, pero no hay que perder de vista que estamos hablando de jugadores que supieron levantar sus nombres por encima del lamento de cualquier tropiezo. Esa lección ya está asumida y es el ejemplo que nos dejan: a ganar no solamente se aprende ganando.
El Príncipe, el Rey y el Huaso, por primera vez como rivales en suelo chileno después de todas sus aventuras con la Roja. Amigos y rivales, jamás enemigos a pesar de todos los resentimientos previos de un partido como el de Universidad de Chile contra Colo Colo. Hay gente que no lo entiende: no siempre fue así. No tiene por qué ser así. El clásico es un partido que hay que ganar, pero no a costa de aniquilar al adversario. No se elimina aquello que te hace grande.
Lo saben Isla, Vidal y Aránguiz. También el Chelo Díaz, que no sale en la foto pero es parte del relato. Así como lo sabían Leonel Sánchez, Jorge Toro y Chamaco Valdés. Roberto Hodge, Rubén Marcos y Carlos Caszely. Fuego dentro de la cancha, abrazos a la salida.
El partido no es lo de menos, que quede claro: cada partido, de hecho, es lo que cuenta, lo que construye las viejas emociones para volverlas nuevas cada fin de semana, en todas las canchas, de local o de visita. Incluso un cero a cero que no alcanza para conformar a nadie: nos deja la certeza de que el próximo encuentro tiene que ser mejor. Los partidos sin goles no son tiempo perdido: es la vida la que pone pausas y obstáculos como si fueran segundas oportunidades. La dignidad de no ganar se vende mal, o por el contrario se vende demasiado fácil si hablamos de triunfos morales, cuando se trata sencillamente de un pequeño ajuste de cuentas para volver a intentarlo, una invitación a seguir jugando y, a través del juego, a seguir viviendo.
Hablando de años entre futbolistas, Arturo Vidal, Mauricio Isla y Charles Aránguiz a esta altura los tienen todos. Juntos lograron lo que parecía imposible y ahora, aunque se advierta lo contrario, siguen juntos. Con camisetas de distintos colores, pero defendiendo la ilusión de que cuando el duelo termina, por más áspero que sea, no hay enemigos posibles. No es sólo un gesto de cariño entre conocidos de siempre, sino también una muestra de respeto eterno que debería representarnos a todos. Si nos dieran la oportunidad de ser grandes como ellos haríamos lo mismo, lo cual implica que en el fondo ya lo llevamos dentro.
La foto en la página 10 del diario de un lunes de agosto, con el foco atento de Patricio Lepin que podría ser el de Carlos Catalán o el de Sergio Collao, ya empieza a explicarnos desde el pasado el valor de la amistad y, sobre todo, el orgullo de lo que siempre quisimos ser, la nobleza de lo que algún día seremos. Algunos llegaron antes, otros llegaron lejos; el relato nos iguala, incluso si, como nos ocurre a muchos, todavía estamos en camino. Toda foto está condenada a contar una historia.


