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Título/Pie de foto: Larry Moe
Dinamita Show explota bien sus propias debilidades.
Larry Moe
Las cinco veces que Dinamita Show estuvo sobre el escenario del Festival de Viña (incluida la de anoche) sus propuestas han presentado diferentes sellos. El debut (en 1996) representó el amor a primera vista entre la televisión y el humor callejero. El 2009 y el 2012 emplearon su show como caja de resonancia de sus situaciones personales (en el primer caso, rehabilitación de las drogas de Paul Vásquez; en el segundo, recuperación de una grave enfermedad de Mauricio Medina).
En esta ocasión su presentación fue cruzada por la emotiva atmósfera de la despedida (sorprendente jubilación anticipada de la dupla).
No es difícil inferir, pues, que los tipos son unos consumados zorros porque además de la relativa solidez de sus rutinas y de sus talentos histriónicos innatos (sobre todo de el Flaco), una y otra vez echan mano a algún elemento externo llamado a captar las simpatías del respetable antes de que abran la boca. Y lo hacen sin caer en el cebollismo extremo de colegas como los de Melón y Melame, que en su momento recurrieron sin asco a la pulsión patriotera (con bandera chilena y todo). O a otros, cuyos discursos entre un chiste repetido y otro apelan directamente a la lástima de la audiencia.
Más que humoristas comunes y silvestres, Dinamita Show es una sociedad empresarial cuyos insumos son sus propias debilidades y limitaciones, las que son desplegadas generosamente, con el fin de generar sensibilidad y su directa consecuencia en estos casos: rentabilidad. ¿El siguiente paso? El regreso de Dinamita a la Quinta. «Porque el pueblo lo pidió», argumentarán. Se lo firmo.


