Don McCullin, aplaudido reportero de guerra, exhibe sus trabajos en Manchester
El autor, quien estuvo en cuanta zona de conflicto hubo en los últimos 40 años, presenta una selección de sus desgarradoras imágenes
«Estoy avergonzado de esto, de todas las cosas que he visto, de toda la sangre, de todos los niños quemados. Me disgusta todo este negocio, pero estuve en él por 30 años», escribe Don McCullin en el catálogo de la monumental exposición que acaba de inaugurar en el Imperial War Museum North, en Manchester, Inglaterra.
Es obvio que el sexagenario profesional -quien es considerado como uno de los mejores fotógrafos de guerra del mundo- tiene sentimientos encontrados frente a la muestra, en la que reunió gigantescas reproducciones de algunas de las más impactantes imágenes que capturó en los principales frentes de batalla de la segunda mitad del siglo veinte.
Desde Vietnam hasta El Salvador, pasando por Líbano, el Congo Belga y Camboya, el profesional incursionó en cuanta zona de conflicto existió durante los últimos cuarenta años, y en todos los casos se distinguió tanto por su temeridad a la hora del reporteo como por la extraña mezcla de sensibilidad y crudeza que transmiten sus estampas.
El autor, a estas alturas de su vida, reconoce que llegó a ser un verdadero adicto a los hechos bélicos y, sin una pizca de orgullo, relata que en Vietnam llegó a ser catalogado como loco por los soldados a los que acompañaba.
Como recuerdo de esos años, el veterano reportero conserva una cámara Nikon que fue destruida por el disparo de un francotirador camboyano, en 1970. La bala, por cierto, iba dirigida al rostro de McCullin, pero éste, sin quererlo, salvó su vida al llevar el artefacto a su cara con la intención de lograr unas cuantas tomas.
El instrumento inutilizado por el proyectil forma parte, ahora, de la colección de objetos personales que ha sido incluida en la exposición. Otros tesoros que se pueden ver en el lugar son los pasaportes del fotógrafo, sus botas militares y el casco que llevaba puesto en sus incursiones en el frente de batalla.
Ninguna anécdota, por supuesto, supera el dramatismo retratado en sus estampas: desde un joven soldado estadounidense que aferra su fusil con la mirada perdida (se trata de la imagen que ilustra esta crónica) hasta la esquelética figura de un niño albino a punto de morir de hambre en Biafra, las instantáneas de McCullin se alzan como composiciones donde la belleza se alimenta del horror.
Por estos días, el hombre se dedica a fotografiar las ruinas romanas que encuentra en la Inglaterra rural, pero los recuerdos aún perturban su serenidad: «Este trabajo me trae cierta paz, pero eso dura hasta que escucho los disparos de los cazadores locales. Para mí, ese sonido es el preludio de la guerra», confiesa.
Jóvenes pandilleros
Don McCullin nació en 1935, en uno de los sectores más pobres de Londres, y comenzó su carrera profesional gracias a una estampa, captada en 1958, donde aparece un grupo de jóvenes pandilleros que solía circular por su barrio.
La toma, que tenía la gracia de que los muchachos posaban como estrellas de rock en medio de un edificio en ruinas, se volvió una primicia periodística cuando esos mismos sujetos participaron en una pelea en la que un policía murió apuñalado.


