En el penoso afán de darle el palo al gato, somos los ñurdos que ni siquiera pueden sostener el palo.
Para los que no tenemos talento de vendedores, los negocios son una ciencia oculta no exenta de atractivo. Podemos fantasear hasta lo inimaginable con nuevas importaciones, exportaciones, producción en cadena, especulación inmobiliaria, servicios para los grupos sociales emergentes, innovaciones en el rubro gastronómico, oportunidades en el cuero y el calzado, asesorías comunicacionales, lo que sea. Lo único real de todo esto es que nunca nos resultará nada. En el penoso afán de «darle el palo al gato», somos los ñurdos que ni siquiera pueden sostener el palo.
El misterio esencial del comercio consiste en que en este ámbito los éxitos son tan inexplicables como los fracasos. Acabo de escuchar, por ejemplo -y por total casualidad (espiando la conversación de mis vecinos de mesa en el café)- que lo que hoy rinde mucha ganancia son los medidores de la luz, esos absurdos artefactos de los que uno sólo recuerda la existencia cuando surge algún problema con los cobros. Pero, claro, no hay elementos de juicio para refrendar esa afirmación: resultaría muy verosímil enterarnos -entre risotadas- de que un conocido se tuvo que llevar sus medidores de luz para la casa porque cualquiera con dos dedos de frente sabe que es imposible vender un solo medidor de luz en estos tiempos.
¿Y qué se puede decir de la piedra pómez? ¿La necesitarán en China? Porque la cosa se ve fácil: se manda a recoger tres toneladas de piedras pómez al sur y empezamos con los embarques. Todo el mundo sabe que los chinos tienen, por constitución genética, tendencia a generar durezas en la piel y anhelan un producto natural que les ayude a combatir el incordio. Si logramos convencer a veinte millones de chinos de tener su piedra pómez personal, el negocio está hecho y nuestra fortuna proyectada. Lo mismo vale para el cochayuyo: sólo es cuestión de convertirlo en harina y luego, a través de alguna ONG, introducirlo en la dieta de las ingentes poblaciones del centro de África.
Alguna vez supe del caso de un señor que a principio de los 70 compró a precio de huevo todos los ductos subterráneos de Santiago. ¿Para qué?: sepa Moya. Veinte años más tarde llegó la fibra óptica y él tenía todos los derechos de uso de los hoyos. Y está también la historia de un joven que se dio cuenta de que en una mina del norte no sabían qué hacer con miles de sacos de cemento vacíos que tenían en sus bodegas: cobró por retirarlos y luego vendió los desperdicios por el triple a una recicladora de papel.
Pero no me cabe duda de que estas personas poseían un olfato especializado, una velocidad instintiva en el «mapeo» de las circunstancias, una energía de otro planeta y cero capacidad de distracción. Yo hubiera retirado la vista de los sacos vacíos y me habría puesto a mirar las minas o el paisaje. En cuanto a los ductos, me habría quedado gravitando un rato en la pregunta ¿qué habrá allá abajo?, para cambiar luego de tema.
Está claro que un negociante genético puede convertir en dinero una ruma de radios viejas. En cuanto a nosotros, es probable que acariciemos la ruina aunque hayamos inventado la fórmula de la Coca-Cola.
A propósito, un amigo decía sobre alguien: «Llegó a vender frutillas podridas a Frutillar en temporada de frutillas».


