Nos tiene extraordinariamente alarmados el nivel de imbecilidad en que ha caído en Chile este raro y mal conocido animal llamdo opinión pública
Nos importa un carajo averiguar si el nuevo presidente del fútbol chileno es Solabarrieta, el chico listo y subdotado de Copano o el Divino Anticristo. Nos preocupa un rábano esclarecer si el presidente Piñera intervino o no en aquella determinación, tan crucial para los destinos de la patria, o si los fondos del fútbol se los aguachan esos homínidos que lucen camisetas blanquinegras o los primates de las casaquillas azules, o si se los tiran a la chuña para que algo agarre el Tricolor de Paine, los Agallados de Malloco o el equipo que sea.
Lo que sí nos tiene extraordinariamente alarmados es el nivel de imbecilidad en que ha caído en Chile este raro y mal conocido animal llamado opinión pública. Salimos del hoyo hediondo de los 33 para caer en esta pelea de quiltros convertida en el único tema de conversación en talleres, peluquerías y sobremesas de quiosco completero.
Según la teoría de la agenda-setting, los medios de comunicación de masas han adquirido un influencia tan desmedida sobre el público, que han logrado determinar en un cien por ciento qué historias tienen relevancia informativa, cuánto espacio e importancia debemos darles en nuestro mundo privado, y cuánto tiempo deben ocupar en nuestros pobres raciocinios y mermados pensamientos. El nudo de esta famosilla teoría residiría en la capacidad gigantesca alcanzada por los medios masivos para modular la relevancia de la información que se difunde, dándole una jerarquía, tanto como deciden qué temas desaparecen por completo, hacia la no existencia absoluta.
La dichosa teoría trata específicamente del «establecimiento de una agenda» que, pasando sin más trámite a las portadas y griteríos de los noticiarios, copa totalmente el cotidiano y el imaginario de cada uno de nosotros, es decir, la agenda privada de las diversas audiencias. La teoría de la agenda-setting se explica perfectamente con la metáfora de un norteamericano de apellido Cohen, quien la resume así: «Los medios pueden no acertar al decirnos cómo pensar sobre un determinado tema, pero sí cuando nos dicen sobre qué pensar». Y aquí estamos siguiendo una y otra vez al flautista de Hamelin que nos lleva adonde quiera llevarnos, sin que nadie ofrezca el más mínimo asomo de resistencia.
Hay una reconstrucción del sur posterremoto cuestionada, un conflicto de límites marítimos con Perú ad portas, un posible plebiscito propuesto por el mejor político chileno, Pablo Longueira, para dar una salida al mar a Bolivia, y los bolsas de humo estamos enfrascados en que si Bielsa esto o si Harold no sé cuantito aquello o si el español electo puede o no puede asumir este cargo que aparece hoy más importante que el de comandante en jefe del Ejército o el de arzobispo de Santiago. Nos tienen para la chuleta. Nos ponen a hablar como guacamayos que han comido pan con vino acerca de cualquier pendejada que saquen del sombrero. Y esto, estemos claros, está organizado, orquestado, planeado hasta en sus más mínimos detalle. Falsos dilemas que nos llenan de popcorn este vacío enorme de ser chilenos, en un país cuyo foco se esfuma.
Nos tiene extraordinariamente alarmados el nivel de imbecilidad en que ha caído en Chile este raro y mal conocido animal llamado opinión pública.


