La farándula 2.0 trae poquitos códigos de honor.
Que la farándula volvió a nuestra televisión ya no quedan dudas. Y tampoco de que lo hizo con un relativismo ético escalofriante.
Tomemos el caso que está en el candelero, la reconocida infidelidad de Karol Lucero a su esposa, Fran Virgilio. Se habla con una ligereza impresionante de tests de ADN y de embarazo, de «la cag$%# hasta el fondo», de «si está embarazada lo vamos a solucionar», etc., sin pensar ni por un minuto que se está hablando de una criatura inocente, que estaría o no estaría por nacer.
Este lunes en «Que te lo digo» Antonella Ríos conminaba insistentemente a Ilaisa Henríquez (DJ Isi Glock) a decir si estaba esperando un bebé o no, si se había hecho la prueba respectiva. Como la invitada se negaba a dar luces al respecto, la presión se hizo cada vez más fuerte. Ya era poco deseable escuchar del tema en pantalla, pero la actriz y opinóloga quería ir más allá, estirando un elástico que más temprano que tarde a los cultores del género les va a terminar pegando en la cara.
El «ejemplo» vino de afuera, de la farándula judicial, a cuyo florecimiento hemos asistido al ver filtraciones de conversaciones privadas de WhatsApp que ahora son de conocimiento público y que ya se esperan con impaciencia, pese a lo supuestamente reservado de sus contenidos.
Es hora de establecer un protocolo de conducta para todos los rostros que ejercen este tipo de periodismo, sean profesionales de la prensa o no.
Para empezar, hay que mantener al margen a los menores de edad, tanto protegiendo su identidad como su integridad sicológica. Incluso si su existencia no se ha dado por hecho aún.
También hay que hacer algo con quienes mienten descaradamente en pantalla. De cada tres respuestas de Karol Dance en «Only fama», al menos dos no correspondían a la realidad. Por ejemplo, aseguró que Likemedia no ha bajado la cortina y a las pocas horas escuchamos un audio suyo en que pide a sus colaboradores ad-honorem ayuda para desalojar la oficina «porque tengo que entregarla». Debería operar un código tácito, que determine que no se le invite de nuevo durante algún tiempo, por más que haga noticia en ese lapso. No hacerlo y dejar impune el embuste sistemático sería querer muy poco el prestigio del lugar de trabajo propio.
Por último, sería bueno realizar un cónclave con representantes de cada programa farandulero y acordar allí qué límites no están dispuestos a cruzar («Primer plano» haciéndole bullying a una excompañera de canal y tal). Pongámonos serios una vez. Los televidentes lo agradecerán.


