Asisten a un improvisado jardín infantil, instalado en el desierto
Cuando a los 15 niños de la improvisada guardería que se formó en el Campamento Esperanza les pasaron lápices de colores, los adultos se llevaron una sorpresa. Espontáneamente, algunos de los pequeños, de uno a 12 años, plasmaron en el papel sus sentimientos sobre la trágica espera que están viviendo.
«Tienen a sus parientes atrapados en la mina y están preocupados, como todos sus familiares», explica Ana Funes, asistente social de la Municipalidad de Tierra Amarilla. Ella es una de las encargadas del «jardín infantil», como llaman al contenedor habilitado para cuidar a los más chicos del campamento. Está a pocos metros de la entrada del yacimiento San José, donde hace 16 días se busca frenéticamente a los 33 mineros atrapados.
Ahí llegan pinturas y juguetes que donan los colegios de la zona, que mantienen entretenidos a los más pequeños del lugar. «Es una ayuda para las familias y también para sacarlos del contexto de tensión en que están inmersos», dice la profesional.
«Primo, te amo», se titula la conmovedora obra de Katherine, una chiquilla morena de seis años que se peina con trenzas. Dibujó un inmenso rostro, ella misma, pero con mechones rubios. De sus ojos caen dos notorias columnas de lagrimones. «Estoy triste», es la explicación que le da a su retrato.
Bastián, de la misma edad, prefirió inmortalizar dos cerros, entre los que se asoma el sol. «Son las minas», cuenta y hace notar que sobre uno de ellos flamean banderas chilenas, tal como en la polvorienta colina que domina las carpas donde están viviendo. «Fuerza, mineros, de mí», es su escueto mensaje y en una esquina dejó un corazón especial para su tata, Mario Gómez, el más experimentado de los trabajadores que sufrieron el derrumbe.
En un desolado paisaje desértico, Constanza colocó una figura vestida de blanco con halo místico que, en sus palabras, «bajó del cielo para salvar a los mineros». «Yo, Dios, estoy con ustedes», aclara el texto en el dibujo.


