«El sistema político trasandino tiene patologías endémicas».
Rara y peluda. Así está la cosa en Argentina después del presunto suicidio del fiscal Alberto Nisman, encontrado en su departamento con una bala en la sien. Los suicidas suelen dar algún indicio o dejar un mensaje final. Nada de eso ocurrió en este caso. Todo lo contrario: Nisman no habría estado pasando por ningún estado mental delicado, había agendado un par de entrevistas para esta semana e incluso tenía una lista de compras de supermercado. La autopsia reveló que no tenía huellas de pólvora en las manos. La mañana que lo encontraron muerto debía refrendar públicamente sus recientes acusaciones contra el gobierno de Cristina Fernández, que según Nisman estaba encubriendo a los responsables del atentado terrorista que en 1994 afectó a un edificio de la comunidad judía en Buenos Aires. Como tuiteó sarcásticamente una joven argentina: «Se pasó 11 años investigando una causa y se suicida el día que iba a exponer las pruebas. Todo muy normal, nada sospechoso».
La situación es políticamente muy compleja. La mitad del país acusa sin pelos en la lengua al kirchnerismo y especialmente a la Jefa de Estado. La propia presidenta publicó una carta en su Facebook transmitiendo su consternación, pero también sugiriendo que las conexiones del caso pueden ser más sórdidas de lo que parecen. Es decir, alguien pudo haber instigado a Nisman a quitarse la vida, pero no necesariamente por orden de la señora K.
Es reconocido que el sistema político trasandino tiene patologías endémicas de corrupción, clientelismo y ciertas tendencias mafiosas. Pero este caso configura un verdadero capítulo de «House of Cards» donde la realidad podría superar a la ficción.


