A sus 25 años, ha customizado prendas de Princesa Alba, Polimá Westcoast, Cris MJ y Kidd Voodoo, entre otros
Creció en San Miguel ayudando a las manualidades que hacía su abuela y hoy está iniciando la exportación de su reconocido trabajo.
Javiera Piña dice que le gustaba trabajar con las manos «desde que tengo memoria». Su abuela, Gloria Pinto, hacía bolsitas, cajitas y collares que luego vendía, y ella la ayudaba. «Saca la hilacha», le decía. Javiera obedecía. Ese fue su primer taller. Su primera escuela.
Creció en San Miguel, en una familia donde el arte no era un lujo, sino una necesidad. Su mamá trabajaba y su abuela la criaba. En la casa siempre había algo que hacer para sobrevivir y ella ayudaba. «Siempre fui inquieta con las manualidades», recuerda.
En el colegio le iba bien. Tenía buenas notas y todos esperaban que siguiera estudiando, pero al salir de cuarto medio, la realidad fue otra: no había recursos ni una carrera que reuniera todo lo que le gustaba. «No había algo que abarcara todo lo que quería hacer», dice hoy, a los 25 años.
El giro llegó en pandemia. Se instaló gran parte del tiempo en la casa de su pareja, Jorge Tapia, y recibió un regalo simple de su suegra, Verónica Basterrica: pinturas para tela. Empezó a probar. Primero pintó ropa, luego zapatillas.
Su pareja le pasó incluso artículos caros para intervenir. «Nadie me había tenido esa fe», cuenta.
Ese respaldo fue clave, pero la verdadera oportunidad apareció cuando su entorno se cruzó con la música urbana. En el estudio Epicentro Record comenzó a mostrar su trabajo a artistas que grababan ahí. Primero emergentes, luego nombres que hoy llenan escenarios.
El primer gran salto llegó con Dainessitta, a quien vistió para un show en el Movistar Arena. Desde ahí, su nombre empezó a circular. Después vinieron trabajos para Princesa Alba, colaboraciones con Polimá Westcoast y piezas para artistas como Harry Nach, AK420, Jairo Vera, Marcianeke y King Savagge. Más tarde se sumó Kidd Voodoo, consolidando su presencia en la escena.
El gran punto de inflexión no fue una prenda, sino un micrófono. Todo partió con un encargo para un show de Cris MJ. Le pidieron intervenir un accesorio que se monta en el micrófono y decidió cubrirlo completamente con cristales. Trabajó sin dormir. El resultado se viralizó.
Ese gesto cambió su carrera. Los pedidos se multiplicaron, pero también dejó en evidencia un problema: su negocio no existía como tal. No había estructura, ni precios claros, ni formalización. «Podía demorarme un mes y cobrar cinco lucas», reconoce.
Programa para crecer
El primer golpe de realidad vino desde sus propios clientes. Cuando el equipo de Princesa Alba le pidió boleta, Javiera no sabía qué era. Fue el entorno de la artista -a través de la baterista y su contacto con una contadora- que la ayudó a iniciar actividades.
Así, casi por obligación, se formalizó, pero la verdadera transformación llegó con el Fosis. A través del programa «Emprendamos Semilla», Javiera accedió por primera vez a capacitación en negocios y financiamiento. Ahí entendió que su trabajo no era solo arte, sino un emprendimiento.
Aprendió a calcular costos, a valorar su tiempo y a construir una propuesta de valor. «Tenía que diferenciarme», dice. Empezó a profesionalizar su trabajo: ajustó precios, creó piezas únicas, incorporó certificados de autenticidad y añadió kits de reparación para sus diseños. En la práctica, convirtió cada producto en una experiencia.
Con el programa también recibió cerca de $450.000, que invirtió en herramientas y en armar su primer espacio de trabajo. Hasta entonces, su cama o el living de su suegra eran su taller.
Con el tiempo, volvió a postular y obtuvo nuevos recursos, que destinó a comprar una segunda impresora 3D. Eso le permitió aumentar producción y mejorar la calidad de sus piezas. Hoy diseña, imprime, pinta y termina cada producto de forma autodidacta.
El siguiente paso es escalar. Planea pasar a primera categoría para poder exportar, porque su negocio ya cruzó fronteras. El salto internacional llegó tras un video entregando un micrófono al artista De La Ghetto. Se viralizó. En semanas, empezó a recibir pedidos desde Puerto Rico, Estados Unidos, España y Colombia.
Hoy cobra desde $300.000 por un micrófono y puede superar el millón dependiendo del nivel de personalización. Su ambición no termina ahí. Javiera quiere crear un estudio creativo donde distintos artistas trabajen juntos y atiendan a músicos con soluciones completas: vestuario, objetos y escenografía.


