Escribo esto mientras mi hija de cinco años, la Josefina Pumarino, come a mis espaldas. «Comer» es un decir, porque demora quince minutos en masticar cada tomate, se distrae con cualquier cosa y me tironea sin piedad para informarme sobre las gracias del último animalito que adoptamos en la granja de Facebook. De vuelta, yo le hago cariño en el pelo y le suplico que trague.
Sé que sin ella no soy nada y me aterra verla crecer; pensar en que algo malo le pudiese ocurrir me causa pavor. Evito leer noticias sobre desgracias que involucran a niñitos y adolescentes porque simplemente no lo aguanto. Supongo que no soy el único: creo que sólo quienes han sufrido el horror de perder a un hijo tienen autoridad moral para hablar sobre ese temor sordo que nos ahoga a todos quienes tenemos la fortuna de ser padres.
Por eso, otra vez, no queda más que compadecer a aquellos que viven ese luto con dignidad. La familia de Macarena Casassus goza del legítimo derecho a creer que un loco borracho a bordo de un auto demasiado caro mató a su hija; la justicia debe determinar qué tan cierta es esa versión. No corresponde a terceros -menos que nadie a barrabravas imbéciles- juzgar a un pobre tipo que también está atravesando el infierno. Todos los implicados directamente en esta tragedia han mostrado hasta ahora una decencia conmovedora; nosotros tenemos el deber de guardar silencio y ahorrarnos la crueldad gratuita de opinar sobre lo que no podemos entender.


