Un peligro para los padres que tratan de aconsejar a sus hijos es que terminen exorcizando sus propios fantasmas en vez de proveer datos útiles. El padre que no se la pudo con los matones de su colegio anima al hijo a ser más valiente, con consecuencias desastrosas. La madre que tenía amigas maliciosas y crueles cuando joven trata de alejar a su hija de ese tipo de niña; pero es la hija, no ella, la que quedará jugando sola en el recreo. Otros consejos responden a experiencias más opacas; Buda instó a su hijo Rahula, por ejemplo, a entrenar su mente para que se pareciera cada vez más a la tierra, «donde se bota excremento, orina, saliva, pus y sangre». Pero en todos estos casos se aplica, con reservas, el dicho del novelista Adolfo Couve: «Uno nunca se equivoca». Por algo el hijo no se ha enfrentado con los matones; por algo la hija sigue con esa amiga; por algo Rahula no quiere que su mente se parezca a la tierra. A veces hay que esforzarse y actuar a contrapelo, pero siempre hay un costo.
Mi consejo para mis hijos es que traten de saber qué es lo que realmente les gusta hacer. En rigor es fácil ya que bastaría con ir tasando, en cada situación, si uno lo está pasando bien o mal. Pero, hasta los treinta años, yo no logré aplicar esa técnica con éxito. Era capaz de hacer cola de una hora para entrar a una boite taquillera, pero no de sacar alguna lección de la sensación de alivio que se me producía cuando me negaban el acceso por mi atuendo de deprimido y me marchaba sin haberme expuesto al aburrimiento mayor de cruzar el umbral. Viajé y conocí Francia e Italia entre bostezos, antes de jurar a los veintiocho años que nunca más saldría de Inglaterra.
En mi casa había un juego de tablero llamado Wembley que jugábamos con un amigo cada vez que él venía; solo después de la enésima repetición se nos ocurrió dejar en la caja una nota que decía: «Aburrido: no jugar». Aposté en la mesa de veintiuno de un casino, el non plus ultra , quizás, del tedio; lo cual no impidió que después repitiera la experiencia en una carrera de perros y en un hipódromo. Hasta los treinta años, dije; pero ya iba para los cuarenta cuando entendí, en un momento de revelación fulminante, que no me gustaban los juegos . Reconocimiento tardío de un abismo que se abre a mis pies e impide toda comunicación con los del otro lado -el grueso de la humanidad- que no sea un gesto de disculpa trazado en el aire o una mueca de buena voluntad desdibujada por la distancia.
Es para no ver ese tipo de abismo que los niños aguantan tantas cosas que a uno le parecen, a estas alturas, inaguantables. Separarse del resto es un acto paulatino y solemne. No es terquedad en los niños hacer caso omiso de los consejos que uno ofrece desde las alturas de la experiencia; más bien, sería una frivolidad atenderlos.
En rigor es fácil saber qué es lo que realmente nos gusta hacer, ya que bastaría con ir tasando, en cada situación, si uno lo está pasando bien o mal. Pero, hasta los treinta años, yo no logré aplicar esa técnica con éxito.


