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Romeo Santos, hombre del Bronx, pertenece a la cuarta generación baladista.
Ricardo Martínez
El éxito de Romeo Santos permite reflexionar sobre algo que ha sucedido con la música latina en esta década y también con la balada. Romeo Santos corresponde a la cuarta generación de la balada romántica, esa que comenzó hace medio siglo, en 1965, con el primer disco en castellano de Charles Aznavour.
En los sesenta y los setenta, esa música era elaborada en Francia (Francis Cabrel), en Italia (Franco Simone, a quien homenajeó Vicentico el miércoles) y en España (Raphael, Camilo Sesto). En los ochenta, ese centro de producción pasó a México (Yuri, Emmanuel, Luis Miguel) y en los dos mil llegó hasta Puerto Rico/Miami (Chayanne), como comentábamos en estas mismas páginas hace un par de años. Hoy ya no es solo el mundo latino el centro de la balada, es directamente Estados Unidos: tanto el mismo Romeo Santos como Prince Royce son del Bronx, el final del viaje hacia el centro del imperio musical contemporáneo (Nueva York).
En ese viaje por tres subcontinentes y muchas tradiciones musicales, la balada se ha internacionalizado cada vez más. A Romeo Santos se le escucha en muchísimos países, cada uno con sus propias orientaciones musicales, y en cada uno de esos territorios, de Alaka a Punta Arenas, se le idolatra.


