Pasarán los días y los años, pero esos seis minutos entre Reynero y Vidal permanecerán en el corazón de toda una hinchada como una revelación de los dioses del futbol.
Tres segundos. Es el tiempo que tarda en recibir el balón Felipe Reynero, recién ingresado al campo en pleno segundo tiempo. Un pelotazo largo que sorprende a la defensa de Colo Colo. Hijo de Roberto Reynero, recordado lateral izquierdo de Universidad de Chile en los ochenta, el número 11 de Copiapó le mete cuerpo a Erick Wiemberg y lo deja fuera de cuadro. Su toque anticipa la salida del arquero Bryan Cortés y deja helado a medio Chile. Golazo. Si los detalles importaran, tendríamos que hablar más de este momento: es la primera vez que Reynero entra en juego.
¿Y si jugaran así todo el año Copiapó y Reynero? Preguntan los picados. No tiene nada que ver. Esto es fútbol: el único partido que vale es el que se está jugando. Corre para los que juegan por ser campeones y también para los descendidos. Por fin un problema realmente grande para Colo Colo, un gol en contra en el partido que vale un título después de once triunfos consecutivos. Peor aún, en el minuto 73. El partido más fácil se convierte en el más difícil
Copiapó 1, Colo Colo 0. Los seis minutos exactos que dura este resultado de alguna manera definen la gracia del campeonato chileno. A la jugada siguiente el mismo Reynero se pierde el 2-0. No sería mucho premio, ni tanto castigo: es lo que toca. De situaciones como esta se sale más grande o con una lección para toda la vida. Lo sabe un gran campeón como Arturo Vidal, pero también lo intuye un recién llegado a las luces de la alta competencia como Lucas Cepeda. No hay maleficios; sólo desafíos. El gol de Reynero es un mensaje: esto es sin llorar.
Vidal quizás habla demasiado antes de los partidos, pero nunca se esconde en la cancha. Hay que pensar en eso cuando su próximo crítico intente llamar la atención. A pesar de sus 37 años, el tipo lo intenta o muere en la suya. Es lo que hace en los seis minutos siguientes al gol de Copiapó: mueve la pelota, busca al compañero mejor ubicado e incluso saca un lateral tratando de encontrar el camino. O que el camino lo encuentre a él en un rebote cuando la defensa atacameña intenta sacar la bola de su área.
Lo que viene no se sabe hasta que ocurre: Arturo Vidal, el Rey, abre ese rebote hacia un costado para buscar aire en el desborde de Lucas Cepeda y luego espacio con la habilitación de Esteban Pavez. La gloria está servida cuando el balón viene de vuelta hacia el empeine de su pie derecho: cuando le pega ya sabe que es gol. No el gol del triunfo, ni siquiera el del título, sino el gol que restablece las certezas. El mejor jugador de Colo Colo es Maximiliano Falcón este año, el más decisivo es Carlos Palacios y el que afirma todo es Brayan Cortés, pero el padre de todos ellos se llama Arturo Vidal. El campeón por naturaleza. Sólo a él se le ocurriría empezar el año entrando a caballo en el Monumental, sólo él podía recuperar la corona que se le escapaba en el último suspiro.
Pasarán los días y los años, pero esos seis minutos entre Reynero y Vidal permanecerán en el corazón de toda una hinchada como una revelación de los dioses del futbol: la grandeza no es eterna, hay que salir a buscarla en cada pelota. Es la historia de Arturo Vidal, también la de la corona número 34 de Colo Colo en primera. La más difícil, la más linda.


