La cueca de los huachalomos

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En las últimas semanas he venido escuchando una idea desalentadora: que no hay razones para celebrar el bicentenario con más pompa que un Dieciocho cualquiera. La huelga de los presos mapuches, la situación laboral destapada en la mina San José, el discreto balance cultural de estos dos siglos, la ausencia de méritos de una sociedad estéril, la absoluta dependencia de las potencias extranjeras, la reconquista económica española, la industrialización trunca, la educación totalmente apolillada, la tolerancia siempre a punto de romperse, la falta de cohesión social, la brecha económica, en fin: así de numerosos y variados son los argumentos que apoyan la insustancialidad de las celebraciones.

En verdad, la tonta satisfacción de ser protagonistas de una efeméride de números redondos pareciera ser el último aliento que mantiene inflado el globito bicentenario. Un viejo, cuando cumple cien años, tiene dos posibilidades: recapitular la vida, con sus logros y sus derrotas, con sus brillos y opacidades, para ver si valieron la pena todos esos años sumados, o celebrar su récord así nomás, contento y gagá, mostrándole a la cámara una sonrisa pagada de sí misma y un choclero sobreviviente como únicos trofeos de una vida. No creo que haga falta decir cuál actitud se parece más a la nuestra.

Estoy escuchándote, querido lector, decir que estoy haciendo de aguafiestas, que todo lo encuentro malo y que por qué mejor no me voy a freír monos a Guayaquil. Pues bien, no son las cosas malas, sino justamente las buenas, las que la sociedad se ha encargado de aplastar, una por una, a medida que han ido apareciendo. Piénsese en qué les ha pasado a todas las virtudes que en algún momento, con justicia o sin ella, nos hemos atribuido: de ser cariñosos con el forastero, pasamos a caminar en los bordes de la xenofobia, y de la humildad saltamos al engreimiento, del recato a la chabacanería, del respeto a los profesores al insulto a la carrera docente, de la moderación al desbande, de la sencillez a la opulencia, del aprendizaje del buen gusto a la copia del adefesio, etcétera.

Hay cosas buenas, claro que las hay, pero a nadie le importan. La poesía, sin ir más lejos. Desde el Presidente hasta el último piojo de la república, todo Chile está dispuesto a hacer gárgaras y en lo posible poner los ojos blancos hablando de Pablo Neruda, Gabriela Mistral y los demás plumíferos del país de poetas, pero ni siquiera en el tricentenario se verá un interés por ellos que no esté dentro del ámbito turístico o de los barnices culturales, sino en el de la poesía misma. A la sociedad no le interesa editar libros ni enseñar a leer; a la sociedad sólo le interesa cosechar ese arbolito de frutas dulces y tenderse a su sombra para cubrirse con una identidad plausible.

Lo único que importa ahora es comprar, pero hasta eso lo hacemos mal. Los que no están endeudados hasta la pelambrera, se quejan porque no pueden comprar en horarios insólitos o se vuelven unos Demonios de Tazmania girando entre las góndolas de los supermercados, plegados a la cueca ultrarrápida de los huachalomos y abasteros, mientras les chorrea la sangre de sus bandejas de plumavit. Van a celebrar, dicen. Van a tirar, literalmente, la casa por la ventana.

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