La del picado

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EL OTRO IMPERIO

Es interesante saber si el éxito en el Mundial es causa o efecto de la mediocridad como país. Sospecho que al menos en algunos casos es causa; que la euforia que genera es enervante y mata las ambiciones de otra índole.

Para decidir si alguna institución vale la pena, hay que averiguar si en general contribuye a aumentar o a disminuir la felicidad humana. Bajo ese criterio, la Copa del Mundo es un fracaso rotundo, porque el éxtasis de una nación difícilmente compensa la congoja de todas las demás. Proceso cruel la expulsión del torneo: el país de uno, foco de atención del mundo entero un momento antes, desaparece como protagonista.

A sus habitantes ya no les queda otra que mirar callados, absteniéndose de todo comentario sobre los errores del árbitro que les costó el partido: historia que, a los dos segundos de terminado éste, ya quedó más polvorienta que la de Fenicia. Ese mismo hecho, por cierto, explica la popularidad del certamen. En el fondo todos queremos ser, como individuo o como país, no uno entre muchos, o siquiera el mejor, sino el único: él que los demás miran callados, llenos de rabia y envidia, opacados e impotentes. Sólo el Mundial ofrece la posibilidad de una victoria semejante.

Lo anterior hace más curiosa la procedencia de los equipos que lo ganan. Brasil, Alemania, Italia, Argentina.

¿Qué son ahora? Los chilenos suelen considerar que el suyo es un país modesto al lado de Argentina o Brasil. Pero aparte del fútbol, los hechos muestran lo contrario. Ningún brasileño jamás ha ganado un Premio Nobel. El aporte de ambos países a la historia ha sido nulo.

Uno puede desaprobar la administración de la UP o la de Pinochet; no obstante, las dos fueron importantes, icónicas incluso, a nivel internacional. Pero si se habla de la evolución política de Argentina, es a modo de chiste o advertencia; sobre la de Brasil no se manejan datos. En Europa, Italia es un país sin protagonismo.

Alemania es un ejemplar de la aplicación industriosa, pero hace tiempo que la chispa se apagó: país de grandes filósofos y compositores en el siglo XIX, ahora lo es de sociólogos y los herederos de Kraftwerk.

Lo que interesa saber es si el éxito mundialístico es causa o efecto de la mediocridad como país. Sospecho que por lo menos en algunos casos es causa; que la euforia que genera es enervante y mata las ambiciones de otra índole. La trayectoria de Inglaterra ofrece un ejemplo sugerente al respecto. Cuando ganó el Mundial por única vez en 1966, se le estaba produciendo una pérdida de influencia política y económica internacional, pero de modo gradual y controlado; para citar un dato representativo, el treinta por ciento de las reservas internacionales del mundo se mantenía en libras esterlinas, cifra que no había cambiado en varios años. Apenas diez años después, era el tres por ciento. Al igual que en Argentina a los quince años de su última victoria, la economía británica se había desplomado, la inflación era de más de veinte por ciento y el país sólo se mantenía gracias a la asistencia de emergencia del FMI.

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