Una gran mentira es que «Birdman» sea un largometraje audaz.
Leopoldo Muñoz
La Academia buscó un traje a su medida con la victoria de «Birdman» como mejor película. Más allá de la señal que implica que los directores mexicanos se confirmen como un filón de oro para la industria, el año pasado con «Gravedad» de Alfonso Cuarón y ahora con «Birdman» de Alejandro González Iñárritu, el Oscar 2015 fue predecible hasta el aburrimiento. El triunfo de «Birdman» surge como la victoria del artificio autorreferente que tanto le gusta a Hollywood (basta recordar el Oscar a ese bodrio conocido como «El artista»), mientras que el cine visto como una aventura vital como se expresa en «Boyhood» -la gran perdedora de la jornada al lograr apenas la categoría de mejor actriz secundaria- sigue en la marginalidad de los premios.
Para la Academia resultan mucho más confortables los vericuetos de un eterno plano secuencia gracias a la posproducción digital en «Birdman» que enfrentarse a un cine arriesgado como la apuesta de Richard Linklater. La obra del cineasta texano se avizoraba como la más alternativa de las películas nominadas para el premio mayor, cuyo rodaje tardó más de una década y que se emparenta con osadías como las de Truffaut con la saga del personaje de Antoine Doinel que se inició con «Los 400 golpes». También para los votantes del Oscar, conocidos por su corrección política cercana a la izquierda, la visión de Clint Eastwod expuesta en «El francotirador» fue una propuesta incómoda: el filme del veterano cineasta sólo recibió la estatuilla por montaje de sonido.
A no engañarse con el brillo de los premios. Una gran mentira es que «Birdman» sea un largometraje audaz. Por el contrario, resulta un trabajo que complace a los parámetros de la industria, que se celebra con autobombo y donde el adorno se observa como más importante que el cine pensado como una urgente expresión para entender la vida.


