Me quedaron grabadas tres imágenesde Andrés Caniulef. Se las comparto.
Por esas cosas de la vida me correspondió, el 8 de mayo del 2015, asistir a una charla que Andrés Caniulef brindó a alumnos de Periodismo de la Andrés Bello, plantel que lo había formado para ejercer esta carrera. Quedé impresionado por el entusiasmo con que compartía con los estudiantes sus vivencias profesionales y por el cariño con que les entregaba sus consejos, lo que tenía mucho que ver con su cercanía con esa casa de estudios. Sin embargo, había algo más.
Destilaba pasión por la comunicación, esa ciencia en la que mientras más expertos nos volvemos, más neófitos terminamos siendo. Parecía un estudiante más, el más feliz de estar en esa sala (de nuevo), solo que con una sólida experiencia de su lado; con una trayectoria que no lo envanecía ni volvía distante, sino todo lo contrario.
Caniulef fue parte de una hornada histórica de periodistas televisivos, integrada también por José Antonio Neme (44 años), Ignacio Gutiérrez (49) y Juan Manuel Astorga (52), que ingresaron a la TV y destacaron en ella, abriendo el paso a otros colegas cuya opción sexual hoy no es tema. Verdaderos pioneros, cabezas de playa que, sobre todo en los casos de José Antonio y Andrés, partieron muy formales en el vestuario y contenidos en su expresividad, para encontrar con los años su versión más libre en pantalla y cultivarla sin complejos. El 2017 Caniulef, siguiendo la huella dejada por Ítalo Passalacqua dos años antes, desfiló por la gala de Viña con su pareja de entonces. Aquello contribuyó al descartuchismo patrio a niveles gigantescos.
El último recuerdo que tengo suyo me sitúa a mí de paso en Santiago. Surcaba «las torres gemelas de Providencia» (a los pies de esa avenida, entre Antonio Varas y Carlos Antúnez) y lo divisé, como un peatón más. Me dio tanto gusto verlo inmerso entre el anónimo estrellato de la gente, sin asomo de esa esnobista alergia a ser reconocidos que parece inherente a los famosillos, que en una providencial luz roja no pude evitar asomar mi frondosa cabellera por la ventana del copiloto y gritarle «¡Tira para arriba, crack!».
Nunca supo quién era ese impetuoso calcetinero, pero agradeció la buena onda devolviendo su proverbial sonrisa hollywoodense. La humildad de Andrés Caniulef era tanta que se fue sin enterarse de que era una estrella. Nosotros lo estamos descubriendo recién ahora. Como siempre: demasiado tarde.


