Pablo Javia ejecuta nueve instrumentos aunque escucha solo un 30%
Ruega porque alguien le tienda una mano para costear operación para instalar pabellones de silicona y así poder colgarse audífonos.
Pablo Javia se miró al espejo, tomó una tijera y cortó la melena que le llegaba más abajo del hombro. Luego se rapó al cero con una máquina de afeitar y por primera vez dejó a la vista lo que su pelo había ocultado durante casi 27 años: nació sin orejas.
Han pasado diez meses desde ese rito que para él significó aceptar que escucha solo un 30 por ciento y que durante su época escolar lo pasó mal, cuando lo llamaban «monstruo» o «taza» y sus compañeros lo encerraron en un clóset.
Se volvió rebelde, pero tuvo un cable a tierra: la música. Tenía cuatro años cuando su madre le enseñó a tocar instrumentos, pese a la sordera. «Fui metódica, lo incentivaba aunque me costara. Él tenía talento, pero no disciplina», recuerda Angélica Véjar.
Pablo, que entonces no se había puesto implante y escuchaba aún menos que ahora, alucinó cuando supo que Beethoven también era sordo.
«Fue mi motivación cuando niño. Yo ponía los dientes sobre las cuerdas y escuchaba la música por la boca. También la escucho con el cuerpo. Siento las vibraciones que me rebotan y pongo el amplificador al máximo y así escucho algo, toco y canto», cuenta.
Ahora interpreta teclado, acordeón, guitarra clásica y eléctrica, bajo, batería, charango y flauta dulce.
Pero faltaba otro vuelco más en su vida. Cuenta que tenía 23 años cuando «me hice hijo de Dios y empecé a leer la Biblia». Dice que ahora, que está tranquilo y sin rabia, puede luchar por cumplir su sueño: tener orejas.
«No es por algo estético. Si tuviera las orejas podría colgarme un audífono y con eso podría escuchar más, más música», cuenta.
Hace tiempo, un doctor le dijo que solo los tornillos de una oreja podrían costar alrededor de un millón y medio de pesos. Sobre ellos se montarían orejas de silicona diseñadas según la forma de su cabeza. Él calcula que necesitaría unos cuatro millones de pesos solo en insumos. «No tenemos esa plata. Quizá algún médico pudiera ayudarnos», cuenta.
«Yo ponía los dientes sobre las cuerdas y escuchaba la música por la boca»
Pablo Javia


