La ley de la selva
Con esos ruidos insufribles se va matando no solo la tranquilidad de Redolés sino que también la de un barrio entero.
Como explica en su abundante e inapelable carta, Mauricio Redolés está intrínsicamente unido al barrio Yungay. Una unión que no es solo biográfica, sino que es central en su poética y en su música, que busca ser la banda sonora de un barrio que en gran parte es inventado y en gran parte real y al que nos gustaría a todos algún día volver.
Un acogedor rincón democrático, melancólico pero vivo, popular y amable, donde también nos espera el fantasma de Joaquín Edwards Bello, otro ilustre habitante del barrio.
Barrio viejo y eterno, donde la historia nos espera a cada paso y donde a cada paso debería esperar también la calma que ese encuentro necesita. Algo que el ruido clandestino y su total desprecio por lo que lo rodea destruye de manera implacable.
Música en general infame que interrumpe el sueño y la vigila de quien hizo bailar a Nicanor Parra y que puede mezclar en un menjunje delicioso punk, milonga y cueca con textos despiertos, y risas que no ríen primeras ni últimas y que no escapan del cuartel.
Música que hay que escuchar, que hay que pararse a escuchar, no como la que se escapa de esos tugurios sin patente que olvidan que ser parte de un barrio, bello o no, es ser parte de una comunidad de distintas edades, puntos de vista y gustos que hay que respetar para que te respeten.
Clandestinos que no respetan ni siquiera la ley de la selva, donde el silencio, que no es otra cosa que la armonía de muchos sonidos que se escuchan entre sí, se respeta.


