La linda rubia que cruza el Pacífico remando

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Roz Savage abandonó su trabajo y a su marido para subirse a una chalupa

Abogada de la Universidad de Oxford no soportó el tedio de su excelente vida y mandó todo a la cresta. Lloraba todo el día.

«Quiero demostrar que tú puedes marcar la diferencia, sea llevando bolsas de género al supermercado o reciclando latas de bebida. ¡Cada uno debe poner de su parte!», predica Roz Savage, quizás una de las personas más motivadas del planeta. Entusiasta ecologista, esta rubiecita no se conforma con reenviar cadenas sobre automóviles eléctricos o protestar contra la caza de ballenas. Según su hoja de ruta, a esta hora debiese estar a unos 300 km de Kiribati, en pleno Océano Pacífico. ¿Navega a bordo de un barco de Greenpeace? Las pinzas: va remando sola.

Rosalind Savage -Roz para los amigos- no es ninguna lolita. Pese al semblante juvenil, su pasaporte dice que nació hace 42 años en Cheshire, Inglaterra. Eximia deportista, descubrió su pasión cuando se inscribió en el club de remo de Oxford: mientras estudiaba leyes, integró selecciones femeninas de la especialidad y ganó varias de las tradicionales carreras contra sus rivales de Cambridge. Titulada en 1989, trabajó como abogada en un banco londinense; estresada a morir, cada fin de semana escapaba del mundo remando por el Támesis. Pese a su esmirriado físico -1,55 metros de altura y apenas 54 kilos de peso- en el río se las arreglaba para bogar a la par de los hombres.

En su sitio web rozsavage.com ella misma cuenta cómo se pegó el alcachofazo. «Tenía 33 años y mi vida parecía ideal. Buen empleo, marido cariñoso, casa de seis habitaciones en los suburbios, un autito deportivo rojo. en teoría, debiese haber sido feliz», recuerda. Pero no: Roz pasaba llorando.

«Cierta mañana, en el tren camino a la oficina, iba pensando de qué se trataba mi vida. No me sentía plena: trabajaba en algo que no me gustaba para comprar cosas que no necesitaba. Cuando regresé a casa escribí dos versiones de lo que podría ser mi obituario. El primero era el que me hubiese gustado tener, similar al de la gente que admiraba; aventureros que tomaban riesgos y parecían haber vivido varias vidas en una sola», explica.

El segundo obituario era el que le esperaba si seguía su cómoda rutina. La abogada puso entonces cara de espanto y decidió cambiar. Renunció a su empleo, pidió el divorcio y se mudó a una cabañita a orillas del río donde se instaló con lo mínimo. «Richard, mi esposo, me acompañó durante once años: todo era perfecto; nada era apasionante. De pronto aprendí que actuar de acuerdo a mis valores me hacía más feliz; dejé de ser una planeadora compulsiva, acepté mis errores y no presté más atención a lo que el resto decía de mí», rememora en una entrevista publicada por el diario británico «Telegraph».

Aunque eso estaba muy bien, la liberada mujer quería ocupar sus energías en algo grande. Estuvo tres meses en Perú, donde integró una expedición arqueológica, escaló montañas y se drogó con ayahuasca; corrió las maratones de Londres y Nueva York con resultados notables para una novata. Y aún así, se sentía vacía. «Era como un carpintero con herramientas nuevas, pero sin trabajo. Necesitaba un plan: así fue cómo decidí remar por el Atlántico».
De horror

Tal cual. El 2005, Roz se inscribió en la «Atlantic Rowing Race», competencia bianual en la que excéntricos de todo el mundo reman 4.700 kilómetros desde las Islas Canarias hasta el Caribe. En la demencial carrera participaron sólo dos bogadores solitarios; ella era la primera mujer que lo intentaba. Fue una travesía espantosa: debido a las inclemencias del clima sus cuatro remos se rompieron, por lo que debió usarlos parchados más de la mitad del viaje; a los veinte días su cocinilla dejó de funcionar, luego se descompusieron su reproductor de mp3, el teléfono satelital, el instrumental de navegación e incluso el ancla.

«El Atlántico es aterrador. Físicamente fue una prueba dura, pero nada se compara al desgaste sicológico. La mayor parte del tiempo pensaba en rendirme», relata. Extenuada, arribó a la isla de Antigua tras 103 días de viaje: era apenas la quinta mujer en la historia que lograba la proeza.

Una vez que cumplió con éxito su alocado proyecto, Roz sintió un terrible vacío y decidió acometer otro peregrinaje aun más demente: remar desde EE.UU. a Australia a través del Pacífico. Y en eso está. Auspiciada por una empresa de informática y una ONG que aboga por la conservación de los mares, la remera diseñó una embarcación de siete metros de largo llamada «The Brocade». La nave cuenta con las comodidades mínimas que pueden entrar en tan estrecho espacio.
A toda chalupa

Con el puente Golden Gate como telón de fondo, Roz zarpó de San Francisco a bordo de su liviana chalupa en septiembre del 2007. A bordo llevaba un notebook desde el cual cada noche actualizaba en su blog las escasas novedades del periplo. Diez días después de partir publicó que había estado tres veces cerca de volcarse por las marejadas; alarmado, un seguidor llamó a la guardia costera, que la «rescató» en un espectacular operativo. «Estaba furiosa, terminé colgando de un helicóptero y mi bote quedó a la deriva. Debí aguardar nueve meses para empezar de nuevo; desde entonces, si tengo un problema no aviso de nada hasta que lo haya resuelto», le confesó a la agencia australiana AAP.

Tras reponerse del chasco, el 25 de mayo del 2008 de nuevo levó anclas. La etapa inicial del viaje -4.811 km entre California y Hawai- tomó 99 días y cerca de un millón de bogadas. Nunca antes una mujer había cumplido una gesta de tamañas dimensiones. La única ayuda con la que contó fueron varias botellas de agua fresca provistas por la tripulación del «JUNK Raft», balsa fabricada con quince mil envases de plástico que cubría la misma ruta y con la que se topó en medio del mar.

Durante su merecido descanso hawaiano la osada mujer lanzó un libro de viaje y fue anfitriona de concurridas charlas motivacionales. Luego de reponer fuerzas, reanudó su marcha en mayo del año pasado en dirección al archipiélago de Tuvalu, a 4.152 km de distancia. Esta vez la cosa fue menos sencilla. Sin ninguna asistencia, pasó hambre y sed tras ser arrastrada lejos de su ruta por vientos huracanados que destrozaron su equipo desalinizador de agua de mar. Alterando a regañadientes el plan de viaje, al cabo de 104 días de martirio puso pie en Turawa, isla del archipiélago de Kiribati a unos 1.500 kilómetros del destino original.

Al evaluar su aventura, la vivaz cuarentona afirma que la peor contrariedad que ha debido sortear es el inclemente sol. «Si bien puede sonar algo trivial, como soy muy pálida después de un par de semanas mi piel estaba achicharrada. Me picaba todo y remar se me hacía muy incómodo. Muchos me preguntan si me aburro en el mar, pero en verdad gracias a la música y los libros grabados los días pasan rápido», le contó a «National Geographic».

Ya consolidada como activista ambiental y reputada conferencista, la semana pasada Roz Savage emprendió el último trayecto. Aunque admite que será el más complejo por los vientos que la empujarán hacia el norte, está confiada en podrá desembarcar en Cairns, Australia, a mediados de julio. Las novedades de su odisea se pueden seguir a diario en su sitio web, Facebook y Twitter. Así, en uno de sus recientes posteos podemos averiguar que una araña polizona -a la que bautizó»Alf»- trepó por su pierna: así de emocionante es la vida remando solita en el océano.

Un barco hecho de pura basura

El oceanógrafo Charles J. Moore ha consagrado su vida a alertar sobre el riesgo que corre el ser humano al convertir los mares en cloacas. Su pesadilla es la llamada «Sopa de Plástico», enorme zona del Pacífico Norte cubierta por desechos provenientes de EE.UU. y Asia que han sido atrapados por corrientes marinas. Se calcula que hoy esta verdadera isla de basura cubre un área de 696 mil km², poco menos que la superficie de Chile continental.

Moore, quien predijo este terrible fenómeno en 1987, confirmó su presagio una década más tarde. Un día, en medio de la nada, se topó con un vertedero flotante. «Todo lo que veía era plástico: botellas, envases, pañales.», escribió en un ensayo que causó impacto en la comunidad científica mundial.

Desde entonces el experto se ha dedicado a divulgar este crimen ecológico. Su proyecto «JUNK Raft», organizado el 2008, consistió en armar una balsa con desperdicios que navegó sin contratiempos desde Los Angeles a Hawai: la idea era crear conciencia sobre la insólita cantidad de mugre que el hombre ha lanzado al océano. Fue esa embarcación la que ayudó a Roz Savage durante la primera etapa de su travesía a remo por el Pacífico

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