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Título/Pie de foto: Ricardo Martínez
La farándula chilena alcanzó su pleno desarrollo en la primera década de los dos miles.
Ricardo Martínez
Se cumplen diez años del lanzamiento de «La granja», un reality que fue un súper éxito y que lanzó a la fama a harta gente de la farándula como Gonzalo Egas, Eileen Aguilar, Arturo Longton, y vale la pena detenerse un poco en eso que empezó hace poco más de una década -la farándula misma- y su sistema de producción de estrellas; de los «nace una estrella» criollos. Hace un par de años me invitaron a escribir un artículo académico sobre la farándula para la «Revista UDP» (2012) y con un equipo revisamos las «revistas del corazón chilenas» observando cómo en ellas se fue mostrando, cómo se generaba y consumía el showbiz nacional. La conclusión fue clara: aunque surgió como un remedo del Beau Monde de las cortes europeas o el jet set estadounidense (años setentas), la farándula chilena alcanzó su pleno desarrollo en la primera década de los dos miles.
Al principio esta proto-farándula se centró en dos «dinastías» locales: las Argandoña y Bolocco (años ochentas), y en muchas ocasiones encontraba a las potenciales estrellas desde las teleseries vespertinas o en los deportistas (años noventas). Sin embargo, cuando la demanda experimentó un crecimiento explosivo desde fines de aquella última década (tras el recordado episodio de la Skuba), el sistema de concentrarse en profesionales de la televisión o el deporte hizo agua. Simplemente no daba abasto. Entonces llegaron los realities. Estos habían existido globalmente desde hace mucho tiempo, pero habían obtenido una fuerte audiencia en el mundo pocos años antes. Y su principal gracia era, tal como explicaba un artículo de Yesterday Landde la misma época (1999), en mostrar a personas que parecieran comunes y corrientes, no beldades al estilo de Hollywood, ni expertos actorales. Personas sencillas con las que era muy fácil identificarse. Y fue un exitazo. Todos los realities que pasaron por los canales nacionales dejaban como estela un conglomerado de potenciales nuevos personajes para la farándula, merced a una gran exposición semanal y una serie de programas televisivos paralelos que llevaban el detalle al dedillo.
Eso, como nada, colaboró a la democratización de nuestro showbiz y sentó el sueño de que cualquiera podía hacerse famoso o famosa de la noche a la mañana, de tener sus quince -o quizá menos- minutos de fama.


