Ajejándonos de la parafernalia, de las Pequeñas Gigantes y de las inmensas idioteces, centremos la atención en lo íntimo, en lo simple, en lo verdadero.
Hay una maldición, un pájaro de mal agüero aleteando sobre Chile. Un augurio de malos ratos y sinsabores que no podemos ni debemos callar en estas humildes líneas. El centenario fue a todas luces tiempo de tribulaciones. Si hacemos un poco de memoria, recordaremos que en el año 1910 el país fue gobernado nada menos que por cuatro presidentes.
Pedro Montt viajó por motivos médicos a Alemania en julio de ese año, pero lo hizo con mala fortuna, ya que volvió en un cajón de plomo. Lo sucedió su vicepresidente Elías Fernández Albano, quien a poco andar también se enfermó, pasando a cargar tierra en el pecho el 6 de septiembre, dejando a Chile sin mandatario cuando faltaban sólo días para las celebraciones del centenario.
Se armó entonces en el Congreso una mayúscula zafacoca (así se llamaban entonces a los despelotes) por quién debía sucederlo. La responsabilidad recayó por fin en un señor de nombre levemente prostibulario para los hombres de mi generación: Emiliano Figueroa, el que encabezó los festejos muy casta y dignamente, por cierto, para ser sucedido, dos meses más tarde, por un jocundo Ramón Barros Luco, inventor del famoso sánguche, como Presidente de la República.
Fue en ese clima de tensión política en el que se debieron realizar los protocolos y festejos y recepción de delegaciones llegadas de los cuatro puntos cardinales. Incluso del reino de Siam y del entonces exótico Japón, recién abierto a Occidente.
Por si fuera poco, a los problemas funerario-políticos se sumaron, cómo no, los tan chilenos líos de platas. El Congreso aprobó cinco millones de pesos (una fortuna colosal en 1910) para los gastos en las actividades, suma que para muchos resultaba un disparate y un despilfarro. La prensa disparaba contra estos montos debido al notorio retraso de las obras emprendidas. No era nada idílico, como imaginan algunos, el panorama en que se llevó a cabo la conmemoración de nuestros primeros cien años de vida independiente.
Nos tememos que el clima nacional no es muy diferente hoy en día. Cambios de administración, quejumbres presupuestarias, sobreabundancia de caciques. Quiera Dios que no venga la Parca con su motosierra. Pese a todos los contratiempos la historia recuerda con especial simpatía el resultado final, en especial las exposiciones que dieron realce al evento. Entre ellas destaca la Exposición Histórica del Centenario, que mostraba «otro interesantísimo aspecto, acaso el más importante de la historia, el que se refiere a las costumbres, al modo de ser íntimo, a la vida casera, a la existencia que se llevaba de puertas adentro».
Ése es el modelo que debemos imitar. Alejándonos de la parafernalia, de las Pequeñas Gigantes y de las inmensas idioteces, centremos la atención en lo íntimo, en lo simple, en lo verdadero. Capaz que sólo así logremos exorcizar la terrible maldición que sobrevuela el bicentenario con viejos presidentes fiambres y sus sucesores que ahora sólo evocan indigestos churrascos con queso y chiquillas ligeras de ropa asomadas a las ventanas.


