La pareja que no dio más de dolor y prefirió morir

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Sus cuerpos fueron encontrados en su cama al lado de un revólver

Oscar y Luisa estuvieron casados 45 años. Ella estaba postrada y él también tenía achaques.

Fue hace unos quince años que la pista se le puso pesada a Óscar Dueñas. En esa época, a mediados de los 90, el hombre tuvo que dejar su casa en La Florida y trasladarse hasta Quinta Normal, a la casa de su hermana, porque la mujer sufría intensos dolores a sus huesos y no podía estar sola. Sin saberlo, el hombre se había cruzado por primera vez con una enfermedad que, sin padecer, lo terminó llevando a la tumba esta semana.En aquella mudanza Don Óscar se trasladó con su esposa, Luisa Santander, y ambos se esmeraron en apoyar a la mujer enferma, que falleció tiempo después.

Pero don Óscar no encontró la calma que esperaba. Por una triste coincidencia, en ese mismo tiempo su esposa comenzó a padecer los mismos achaques que habían afectado a su cuñada. Le diagnosticaron artrosis degenerativa, que la obligó a dejar el taller de confecciones que tenía en Patronato, la mantuvo en cama durante los últimos ocho años y la dejó con escasa movilidad y dependiente de su marido, su compañero por más de 45 años.

La pareja vivió, sobre todo el último tiempo, un proceso de mucho desgaste y cansancio. Ambos murieron, con minutos de diferencia, el lunes. Ella, que tenía 81 años, de un disparo en la sien; él, de 82, de un disparo en la boca. Junto a sus cuerpos se encontró un revólver.
Las últimas horas

Rosa Rivero vive en la misma calle Cónsul Poinset, de Quinta Normal, y fue testigo de estos últimos años. «Don Óscar se entregó por entero a su esposa. Cuidaba mucho de la Luchita, que no se podía mover. Se querían mucho», dice.

Tal vez anunciando que algo pasaba, en las últimas semanas don Óscar se había visto menos que de costumbre por el barrio. Sus salidas se limitaban apenas a comprar el pan.

El domingo fue el último día que la señora Rosa visitó al matrimonio. Como de costumbre, le dio un beso a cada uno. «Estaban bien, pero él se veía cansado y enfermo», recuerda. «Se quejaba mucho de dolor en su columna y cintura, porque hacía harta fuerza con su esposa, pero no se quejaba de atenderla. Él la vestía, aseaba, alimentaba y la movía de la cama donde ella permanecía».

Mónica Adasme, otra de las vecinas de la pareja, recuerda haber recibido una señal de este desenlace. «El año pasado él le dijo a mi marido que algo iba a hacer, porque no estaba bien. Le dijo que iba a tomar una decisión drástica, pero no imaginamos esto», dice.


«No tengo dudas de que su determinación obedeció a un acto de amor».Rosa Rivero, vecina.

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