La Pascua incrédula

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Es moda hoy afirmar que, pese a las estampas de la Capilla Sixtina, el Dios de los cristianos no es ni hombre ni mujer, ni viejo ni joven, ni negro ni blanco.

O dio cordialmente (somos legión) estas fechas recalentadas en que Santiago, cada día más fea gracias a la especulación inmobiliaria y la importación libre de automóviles, se llena -aun más- de seres nacionales empeñados en comprar algo a como dé lugar. Es mal visto decir que antaño esta urbe era más caminable, pero me concedo esa nostalgia contra el desarrollo. ¿Y la fiesta? De niño, tardé años en saber que la Navidad, o la Pascua, es (o era) un asunto religioso que conmemora el supuesto nacimiento semidivino, hace dos mil años, de un profeta buena onda cuyas alocuciones, recreadas más tarde (editadas), han sido letra manipulable por los monarcas del país vaticano.Tal cual: para quien esto escribe, no tenían estas fechas otro sentido que la magia de los regalos traídos por un semidiós de carne y hueso, el Viejo Pascuero, en el que no creía nadie y que, sin embargo -por sus obras los conoceréis-, sí existía. Tengo una foto en sus rodillas (benévolas, nada karadismáticas), tomada en una ciudad del hemisferio norte, en 1959. Habitaban aquella multitienda, y a buen precio, muchos otros seres igualmente fantásticos: duendes y enanos carpinteros o mineros que laboraban con eléctrica energía en sus vitrinas. En pro del desarrollo.

Pedí un tren eléctrico y el Viejo me lo concedió. De jesuses y nacimientos, de los curiosos pesebres, nada supe hasta los doce años, ya residente en Ñuñoa, intrigado por las conductas prenavideñas de mis vecinos católicos, con los que chuteaba pelotas con efecto en una calle sin autos.

Antes, con sólo cinco años, otros vecinitos me habían abierto los ojos: «Eres judío», dictaminaron cuando les confesé, a través de la reja, que no creía en «Dios». Más tarde me informarían los especialistas que el cristianismo es una secta herética del judaísmo. A mí lo que me gustaba eran los dioses homéricos. No parecían más absurdos que Jehová y sí más vistosos. Y en cuanto al Crucificado, bueno, era y es un personaje mítico tan antropomorfo como Apolo o Afrodita.

¿Qué demonios es un dios? A veces me quedo cavilando. Es moda hoy afirmar que, pese a las estampas de la Capilla Sixtina, el Dios de los cristianos no es ni hombre ni mujer, ni viejo ni joven, ni negro ni blanco («eso no es Dios, eso es Michael Jackson», le responde el actor Ricardo Darín a un cura inflexible, en El hijo de la novia ). Escribo estos párrafos píos a las siete de la tarde en un café frente al Santa Lucía, mientras a mi izquierda se besuquean, felices como unas Pascuas, dos jóvenes varones. Creo que el cura de la película decía también que Dios no es ni heterosexual ni homosexual. Si la máxima jesusiana era «amaos los unos a los otros», y no «los unos a las otras» o «las unas a los otros», todo bien.

El budismo es una religión sin dioses porque el hinduismo ya tenía demasiados. Su equivalente a la santidad sería la rara sensación de estar conectados con el universo todo, en una comunión que intuyo mecanicista. Mientras no se corte la luz, internet nos da condiciones bien divinas: es posible estar al mismo tiempo en diversos lugares, con perfecta ubicuidad, al menos en cuanto al Verbo. ¿Cómo navegan en la red los budistas? Sin ansiedades navideñas, inmunes a créditos, cebollas y ofertas. ¿O también son alienables?

 

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